Estrella llamada Ajenjo
Patricio Majano || Ausencia
Instalación sonora Impresión sobre panel acrílico, aluminio, altavoz, MP3 de la grabación del sonido de fuegos artificiales en San Salvador durante año nuevo. Pieza presentada en “To Jump Rope” Curada por Claire Breukel para Context Art Fair Miami 2016. Fotografías Cortesía Y.ES y LAM La pieza desarrolla conceptos de nostalgia en la diáspora salvadoreña. En las celebraciones de navidad y año nuevo en El Salvador es común que familiares y amigos se reúnan para pasar tiempo. Sin embargo, debido a las condiciones sociales, políticas y económicas de las últimas décadas una gran cantidad de salvadoreños se han visto obligados a abandonar el país, dando como resultado un gran número de familias y amigos divididos. Los Estados Unidos de América se han convertido en el lugar de residencia de aproximadamente dos millones de salvadoreños. La pieza busca crear un vínculo a El Salvador a través del sonido, al mismo tiempo que se enfoca en la ausencia y nostalgia de un hogar distante.

Auditorio de la Iglesia Estrella Llamada Ajenjo, San Salvador, cualquier día de 2017

El Apóstol Pablo Cigarro, que había sido un asiduo de la escena de hardcore de los noventa cuando aún no se hacía llamar Pablo Cigarro y mucho menos Apóstol, jamás había escuchado una voz tan horrenda como la de las señoras que componían el coro oficial de la Iglesia de la Estrella Ajenjo y que ahora, el Día del Fin, destrozaban una alabanza que había compuesto él mismo, con una resaca indecisa y plagiándole la melodía a una canción de los Ramones. Decía así:

Oh, Señor, aplástame como a un zancudo

que no para de chingar.

A mí y a todo el mundo

mándanos al infierno ya.

¡Aleluya, Adonai!

 

El auditorio estaba repleto. Un niño que con mucha renuencia había sido arrastrado a la iglesia para celebrar el Día del Fin le suplicaba “ya no hagás eso, por favor” a su mamá, quien intentaba moverse al compás del Espíritu y del canto del coro.  A su lado, más gente lloraba dando de alaridos e intentaba romperse las vestiduras sin conseguirlo. El niño sorprendió al Apóstol Pablo Cigarro viendo todo con la misma extrañeza que él.

En los graderíos ondeaban pancartas que le agradecían al Señor por el Juicio Final y le pedían que no les mostrara misericordia inmerecida. Si seguía disfrutando el panorama, el Apóstol ya no podría contener la risa y echaría al traste toda la farsa del apocalipsis. Decidió pensar en cosas tristes, como en cervezas derramadas o en el color de las noches en las que, sintiéndose muy solo, salía de una sala de cine porno en el centro de San Salvador sin un peso en el bolsillo, con la esperanza de que ya no pasaran buses para no llegar temprano a casa. Quizá eso era demasiado triste. Decidió empezar en ese momento su última predicación:

 

—Hermanos condenados. Hermanas condenadas.

Un rugido ansioso por verse ardiendo en las llamas del Sheol casi lo empujó del podio.

—Vamos a ponernos de pie para recibir la Juiciosa Palabra del Señor en estos últimos minutos que nos quedan.

El coro lideró un graznido potente de “améééén”. Las cantantes se veían felices por abusar de sus micrófonos.

—Del libro del Apocalipsis, capítulo ocho, versículos del diez al once. Habría sido mejor leer todo el asunto, ¿no? Pero ya no nos queda tiempo. ¡Al Señor le damos las gracias!

Creía ver los ojos brillantes de la primera línea de asistentes. Vendedoras del mercado, asesinos, banqueros, diputados, profesores, obreros y sus familias, policías, travestis, alcohólicos discretos y alcohólicos de profesión, un niño que miraba a su alrededor como paseándose por un zoológico de otro planeta, gente honrada y gente rastrera, salvadoreños a quienes les resplandecían los ojos porque la condenación eterna y el fin del mundo eran para ellos un regalo semejante a un gatito.

—A ver, dice así: “Y el tercer ángel tocó su trompeta. Y una gran estrella que ardía como una lámpara cayó del cielo, y cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre las fuentes de aguas. Y el nombre de la estrella es Ajenjo”.

Puso cara de estar pensando con fuerza. Detrás de él, en las pantallas del auditorio, se encendió la insignia de la Iglesia: una estrella de siete puntas rodeada por un halo de apariencia bacteriana. Emanaba una luz de un amarillo enfermizo, de consistencia parecida a la jalea. Muchos de los presentes se quitaron las camisas para mostrar sus tatuajes de estrella. El niño la llevaba impresa/estampada en una camiseta que detestaba por la picazón que le producía la tela.

—Hermanos, como ya bien sabemos, hoy es el día en que la Palabra del Señor será cumplida y toda la Tierra será testigo de Su poder. Hoy es el día en que la Estrella llamada Ajenjo caerá del cielo y aniquilará a muchos de nuestros hermanos inferiores, pero a nosotros, los condenados, nos guardará en su seno para ser llevados sin mancha ni daño ante la ira del Señor, ante el azufre del infierno. ¡Amén! Hermanos, quiero que levanten sus manos los que saben que son ratas. Quiero ver a las ratas de la Iglesia de la Estrella Ajenjo. Hermanos salvadoreños, ¿qué somos?

Al niño su mamá le había levantado la mano. La multitud coreó:

—Ac-ci-den-tes.

Y luego hizo una porra.

—Y si ustedes son accidentes, ¿qué son los demás paganos que no han creído en la Palabra?

—E-rro-res.

Y otra porra.

—¿Y qué merecemos todos?

—El-in-fier-no.

—Así es, hermanos, vivimos del pecado. Somos salvadoreños y vivimos del pecado. Nada más abominable ante los ojos del justo que nuestras trompas de rata y sus chillidos malvados. Ya bien lo dijo antes de morir apedreado por una turba conjunta de comisarios comunistas y cerdos capitalistas San Horacio de Moyet: “Este país solo existe por sus crímenes”. Pero si nosotros, los condenados, somos abominables, ¿cómo serán los infieles?

La gente se puso creativa para describir a los infieles, que ese día, de seguro, se aburrían en sus casas o en sus trabajos bajo el calor de la tarde de San Salvador.

—Por eso es que nosotros seremos enviados al infierno con el castigo que nos merecemos: seremos los verdugos de nuestros hermanos infieles. Se morirán de sed y nosotros tiraremos a pataditas las botellas de agua que necesitan. Estarán muy tristes y eso nos partirá de risa. Dejarán comida en el refrigerador y nosotros nos la hartaremos, como cerdos, frente a sus caritas hambrientas y escépticas. Querrán dormir y descansar, pero las hermanas del Coro los mantendrán en vela con su canto. ¡Será un lugar horrible! ¡Nosotros lo haremos horrible! ¡Así quiere el Señor que sea nuestra vida eterna! ¡Hosanna! ¡Viva Adonai!

Las pantallas cambiaron de imagen. Ahora mostraban una fotografía espacial con el logo de la NASA. Había algo muy parecido a un tachón en una esquina, y debajo de eso se leía, quizá escrito con corrector: “AJENJO”. El resto era la silueta borrosa de un asteroide con forma de cráneo. Hacía pensar en alguna raza de gigantes extinta en Marte o en el lado oscuro de la luna. Sus cuencas eran más oscuras que el vacío del espacio que lo rodeaba. Los fieles vitorearon.

—Hermanos, en unos momentos la Estrella llamada Ajenjo descenderá sobre nosotros y seremos abducidos al infierno. Porque parece una estrella, un cometa o un asteroide, pero en realidad es una nave capitaneada por el arcángel Miguel y sus legiones de serafines y querubines justicieros. ¿Creen ustedes que es primera vez que pasa por acá? Permítanme sacarlos del error.

Tras bambalinas empezaban a cargar unas bolsas de refresco en polvo. A veces también metían bolsas con calaveras estampadas.

En la primera fila, el niño avergonzado por su madre empezaba a tener sed.

 

 

Metrocentro, ese mismo día

—Es mejor que ir a clases, eso es seguro.

—…

—Y mejor que ir al culto.

—…

—Sos una bicha bien aburrida, ¿ya te lo han dicho? ¿Y tu sentido de aventura? No sé cómo es que no te emociona todo este asunto del fin del mundo. Yo no me aguanto por rostizar a la directora de bachillerato en alguna bartolina del infierno.

—Voy a ir al baño. No me tardo.

—Y es que, si te tardás, yo voy y te arrastro del pelo si es necesario. Te veo desde acá.

Jenny tomó su mochila y se dirigió a los baños del food court. No le fue posible determinar si lo que la hacía lagrimear era el detergente o el amoníaco de la orina o la angustia del apocalipsis. Habría preferido saber por qué lloraba. El baño estaba vacío. Se mojó un poco la cara, respiró profundo y apretó contra sí la mochila. Se arregló el uniforme. Sacó su inhalador y aspiró, arrugando la cara. Todavía tenía hinchada la mejilla izquierda. En el interior de la boca aún le ardía como una picada de medusa el tatuaje de la estrella de siete puntas que ella y Marcos, su compañero que la esperaba en la mesa, se habían hecho para entrar a la Brigada Apocalíptica de la Estrella Ajenjo.

Miró a ambos lados y se dirigió hacia un rincón para revisar los contenidos de su mochila. Pesaba como las culpas de una ciudad entera. Bajaba el zíper un milímetro a la vez. Si la fricción provocaba la más mínima chispa antes de tiempo, todo el plan de Dios se iba a la mierda.

Una mano la tomó del hombro y le dio vuelta de un tirón.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó un tipo de saco con pinta de matón. Con una sola mano la estampó contra la pared. De haberlo querido, le habría hundido el brazo en el concreto. La garganta se le cerraba.

—Te pregunté algo, hija de la gran puta.

Jenny había soltado la mochila y la escondía detrás de las piernas  No se le ocurría nada que decir. El tipo tenía los ojos enrojecidos y, a pesar de verse limpio, despedía un olor picante a mugre y mierda.. Se acercaba a Jenny cada vez más, queriéndola aplastar.

—¿Y vos que no tenés que estar en clase? Ese uniforme ya lo he visto. Vos estudiás aquí cerca, ¿verdad? ¿Y qué pasó? ¿Te dieron el día libre para venir a chupar pija a los baños? ¿O venís a vender monte? Debería matarte aquí mismo, mona puta. Enseñame lo que andás en ese bolsón; que me enseñés, te digo.

Jenny pensó en esos lápices que uno puede doblar todo lo que quiera sin que se quiebren. Su clavícula debía de estar hecha de la misma sustancia. Luego el tipo le abrió las piernas de una patada. Ya estaba respirando a silbidos. Entonces Jenny se enojó.

Cuando el matón se inclinó para tomar la mochila, Jenny le cruzó la rodilla por la cara. Escuchó un crujido y el tipo bramó como una fábrica. Chorreaba sangre de la boca. Sus dientes habían dejado marcas en la pierna de Jenny. La chica no perdió el tiempo. Saltó sobre su quijada con ambos pies. Perdió el equilibrio al caer sobre el matón y esto la enojó aún más. Sin pensarlo, tomó la mochila y se la arrojó sobre la cabeza. El cargamento de explosivos aún no tocaba el cráneo del tipo de saco cuando ella ya se había arrepentido. Esperaba que una luz caliente la consumiera a ella, a Metrocentro, a los miles de matones profesionales y  a los matones en potencia que pululaban por ahí como zancudos. Pero no pasó nada. El matón derrumbado dejó de moverse y se dedicó a sangrar.

La Estrella Llamada Ajenjo quemaba a Jenny en la boca.

Intentó alisarse el uniforme, reducir la intensidad del rojo de su cara y aplanar de nuevo el pelo, que se le arremolinaba sobre la cabeza como una nube de tormenta. Salió a la mesa abrazando la mochila. Marcos se comía las papas fritas de Jenny con cierta ansiedad y casi se atragantó cuando la vio regresar.

—Un minuto más y te iba a ir a buscar. ¿Te atoraste en la taza o qué?

Jenny lo levantó de la mesa. No había mostrado tanta firmeza en diez años que tenían de ser compañeros de colegio, seis de ser amigos, un par de meses de ser brigadistas apocalípticos.

—Vamos a tomar posiciones. Ya es hora.

Ambos abrazaron sus mochilas con explosivos.

—¿Entonces yo me pongo a la par de los tanques de gas que están por las letras, frente a la esquina del hotel?

—Creí que ese me tocaba a mí, Marcos.

—Creí que te ibas a aculerar.

—Es mi turno.

Empezó a caminar hacia el depósito de gas del centro comercial.  Marcos ni siquiera notó cuando Jenny le quitó su propia mochila con explosivos. Compró un encendedor en un kiosco y un par de cigarros a una vendedora. Confiaba en que le alcanzaría el tiempo para aprender a fumar antes de encender la mecha.

Marcos, mientras tanto, la llamaba; al principio, apenas se distinguía su voz entre el ruido del food court, luego gritaba y por último berreaba: ¡hey, hey, hey! Un grupo de vigilantes había acordonado el baño y pedía refuerzos por radio. Uno de ellos se dirigió hacia Marcos y lo tomó del hombro. El chico dejó de gritar con un respingo. Sintió que una losa de concreto le había restado de golpe unos treinta centímetros a su estatura.

—¿Qué estás haciendo? Vení. Te vamos a hacer unas preguntas.

Marcos se había quedado sin aliento. El vigilante lo empujó de un zarpazo hacia los baños acordonados.

 

 

Auditorio de la Iglesia Estrella Llamada Ajenjo

“—Hermanos, es febrero de 1986 cuando nos visita por primera vez la Estrella Ajenjo. No tiene órdenes de caer sobre nosotros, solo de ver qué nos sucede. Quiere contarle al Señor cómo acumulamos pecados para nuestra perdición. Los infieles se niegan a ver el cumplimiento de la Escritura en el paso de Ajenjo y lo llaman cometa Halley.

El país está en guerra. Los cadáveres de hijos e hijas de Dios que se pudren en el suelo patrio se cuentan en miles. Cuatro de cada diez salvadoreños sueñan con la destrucción planetaria que traerá consigo la colisión del cometa con la Tierra. Cinco de cada diez sueñan, la misma noche y al mismo tiempo, que el punto de impacto es San Salvador. ¿Cuántos de esos salvadoreños poseídos por el Espíritu recibieron esa visión temblando de frío y hambre y dolor agónico en las cárceles clandestinas? Un par de células guerrilleras miran la nave de los ángeles desde los altos de Chalatenango y se quedan ciegas por suponer  que se trataba de una treta de los gringos para exterminarlos. En El Salvador profundo, una comunidad campesina se suicida para irse con la Estrella, pero aún no era el tiempo y ahora duermen inquietos en el Sheol. Otra más lo interpreta como la venida definitiva del Reino de Dios y la comunidad entera toma las armas, se dirige a la delegación local de la Guardia Nacional y monta sitio alrededor de ella hasta que revientan las paredes y pasan a cuchillo a los guardias, varios de ellos afanados en sesiones de tortura. Se reencuentran con muchos desaparecidos. Los helicópteros y los batallones especiales no tardan en hacer su aparición. Por el país cunden unas tremendas ganas de matar y de morirse. ¡Gloria a Dios!

En los playones de Nejapa, los animales nocturnos observan el paso de Ajenjo entre los huesos pulidos por el sol y los cadáveres a medio podrir desmenuzados por los zopes. Esa noche ningún camión militar aparece con más muertos.

Más de uno se decepciona por no haberse largado con la Estrella Llamada Ajenjo capitaneada por los ángeles”.

El Apóstol Pablo Cigarro ya no recordaba sus ganas de reírse. Apenas si se detenía para respirar durante su desquiciada lección de historia nacional. El niño de la primera fila ahora ponía incluso más atención que su mamá. Por el rabillo del ojo vio, sin dejar de hablar, que los utileros tras bambalinas preparaban barriles de bebida roja. Sintió que un foco se encendía en su espíritu. Continuó:

 

 

“—Unos meses más tarde, un terremoto echa por tierra la capital. Es raro: lo primero que se escucha es algo parecido a una explosión, un bombazo rutinario de la guerra de los ochenta, y luego empieza a temblar. El Centro Histórico toma el aspecto de ruina que mantendrá hasta que los eventos venideros lo destruyan para siempre. Ocurren los milagros de siempre: el oficinista que salió a tiempo del edificio que colapsó, la mujer que decidió no ir a hacer el trámite que le correspondía esa mañana en las oficinas donde murieron soterrados decenas, las niñas de kínder que sobrevivieron porque la Virgen apareció y arrojó su manto sobre ellas, los que descubrieron que sus casas eran las únicas en pie en toda la colonia, a los que solo se les murieron tres hijos. ¡Idólatras! ¡Fueron perdonados hasta que el fuego definitivo descienda sobre ellos!

Los presos políticos aprovechan los boquetes abiertos en sus mazmorras para escapar como puedan. La gloria de la República Cafetalera ensucia de polvo a los socorristas que intentan despegar de alguna manera a los aplastados por la marquesina del edificio Rubén Darío. El Cristo del Salvador del Mundo cae como un mosquito de yeso en la plaza. Un hombre se mete en el bolsillo un dedo de la estatua. Más tarde lo venderá para comprarse un boleto de avión e irse al extranjero a ser pintor. Los hospitales no dan abasto para que los enfermos puedan siquiera morirse con aire acondicionado.

Y luego, claro, reconstruyen la ciudad ahora un poco más embrujada. Hay un cubículo en el baño de la escuela donde estudié donde suelen aparecer las huellas de dos manos pequeñas impresas en sangre. En, llamémoslos así, los suburbios de Soyapango y San Salvador los espíritus de los muertos en el terremoto y de los muertos por la guerra les tiran huesos a los soldados que patrullan. Es cosa de todas las noches ver luces malévolas sobrevolar el lago de Ilopango. ¡Destellos de la cólera del Señor! ¡Supernovas estallando en el vacío entre el Paraíso y la Tierra! ¡Apenas chispas del fuego que ahora se prepara para consumirnos!”

 

 

Centro Penal La Esperanza (Mariona), ese mismo día

—¿De dónde sacás que soy asesino, Estrella?

El Estrella se encogió de hombros. De un suspiro, el Poeta redujo la mitad del cigarro a ceniza.

—Así dicen algunos. Que mataste a unos pendejos y por eso terminaste aquí

—Si por algún crimen nunca te van a agarrar en este país es por asesinato.

—A huevo. Bueno, la cosa es que no escribís como asesino.

—¿Y cómo escribo, entonces?

El Estrella se volvió a encoger de hombros. Cuando lo hacía, el tatuaje de estrella que le daba su apodo parecía contraerse y expandirse, contraerse y expandirse. El que se lo dibujó sabía lo que hacía.

—Como alguien que se metió donde no tenía que meterse y la cagó.

El Poeta sacó otro cigarro y volvió todavía más irrespirable el aire del taller de carpintería. Una gelatina hedionda y caliente era lo que intentaba meterse en sus pulmones. El sol de las tres de la tarde también odiaba a los reos. El Poeta señaló con la boca un legajo grueso de papeles.

—¿Te gustó?

—Bien. Un poquito. La verdad es que no la entendí.

—¿Qué no entendiste?

—Un vergo de cosas. Es que parece que escribís para que uno se pierda. Puro poeta.

—Eso no es poesía, Estrella, no me vengás con mierdas. Es una novela.

—Y yo no la entendí. A saber si estabas hablando de un desierto o de un colegio.

—Es que así comienza, en el desierto.

—Ajá.

—Centroamérica se ha convertido en un desierto enorme, ¿me entendés? Estamos hablando del futuro, del año 2061. Y están estas dos personas, ¿me seguís?, un hombre y una mujer hablando por la noche: tienen hambre, no han cazado nada y de repente ven un cometa en el cielo. El cometa Halley, ¿te lo podés?

El reo llamado Estrella se quedó callado.

—La cosa es que se ponen a discutir sobre si es buen o mal augurio. Uno, que quizá es el más sensato, dice que es malo, que ya se han visto cosas así en el cielo y que nunca traen nada bueno. Aunque también es posible que aquí nunca pueda pasar nada bueno. Entonces, a lo mejor no es culpa de los cometas. Pero me estoy desviando. La otra está convencida de que es un buen portento porque recuerda que, cuando era estudiante de colegio, tuvo una visión de ese momento. Ella y otro pendejo estaban perdidos en el desierto cuando apareció un cometa, un poquito antes de la restauración de todas las cosas.

—¿Restauración como en los Hechos de los Apóstoles?

—No sé, pendejo, es un decir. Volviendo a la trama, esta tipa, Jenny, la de la visión, empieza a recordar su época en el colegio, que es cuando tuvo esta serie de sueños proféticos o visiones místicas o premoniciones. Y ahí empieza la parte del colegio, cuando ella, siendo estudiante, descubre con unos amigos que los profesores han organizado una red de tráfico sexual con los alumnos que más les gustan. Se las ingenian para que estos alumnos piensen que les cuestan las materias que imparte su seductor, empiezan a salir mal en las evaluaciones y luego se los cogen para pasarles el año. Otros son más directos y usan tácticas más descaradas… lo que uno hace normalmente cuando se quiere coger a alguien. Jenny, nuestra protagonista, se entera de todo porque el profesor de Alquimia anda tras las faldas de su hermana menor.

—¿Qué es la alquimia?

—Como la química, pero con magia; algo que no se enseña desde hace unos quinientos años y que debería cagarte de la risa porque es un chiste.

—Sigo sin entender.

—Lo que quiero decir es que es un colegio muy tradicionalista. Y esta chava y sus amigos quieren denunciarlos frente a las autoridades, pero no pueden porque los profesores criminales también tienen información delictiva sobre ellos. Jenny y sus amigos venden mota en los baños del colegio. Así que ambos bandos se tienen las colas pateadas. Pero estos niños… El problema de estos niños es que son buenos de corazón, ¿ya? Son los típicos rechazados, los losers, los que habitan la casta más indeseable de la sociedad escolar. Están dispuestos a que les caiga encima la ley con tal de que el profe de Alquimia no se coja a la hermana de la protagonista. Entonces, la red de profesores los amenaza de muerte y los intenta matar de todas las formas posibles. Hay atentados en las instalaciones durante los recreos, los intentan atropellar cuando salen a almorzar, les envenenan sus botellas de agua, incluso envenenan un alijo de mota que manda al hospital a varios estudiantes. Pero nunca logran matarlos. Y los bichos se preocupan, saben que sus vidas están en peligro, pero no se amedrentan; al contrario, se convencen cada vez más de que el bien no puede perder, de que, a pesar de todo, el mal jamás prevalecerá, y empiezan a tener estas visiones apocalípticas. Luego se gradúan, la mitad de la red de profesores estupradores se jubila y Jenny y sus amigos olvidan las visiones hasta que empieza a suceder lo que vieron en su juventud, ya mucho más adelante.

—¿Eso es todo?

—¿Te parece poca cosa?

—No, ya cuando lo contás así, se escucha vergón. Lástima que es todo mentiras.

—¿Cómo así?

—¿Vos creés que el mundo va a durar algo más que un par de minutos?

Era el turno del Poeta de no entender nada. Un custodio apareció por el taller y se presentó ante  Estrella. Hizo un gesto raro con el labio. El Poeta no vio el tatuaje de estrella de siete puntas que el custodio tenía en la encía. El Estrella, sí.

—Te llaman en la Brigada —le dijo el custodio con una sonrisa desagradable. El Estrella asintió.

—Poeta, ¿querés hacerme barra?

—Yo no invité a este pendejo.

El Poeta escondió su manuscrito bajo la mesa.

—Solo dame un cigarro —pidió Estrella—. Bueno, no. Con la colilla de este basta.

Recogió una encendida y se fue con el hermano condenado, el custodio, al túnel que habían cavado y rellenado con explosivos debajo de Mariona, y le aplicó la estrella malévola y roja de la colilla a la mecha que encendería todo.

 

Auditorio de la Iglesia Llamada Ajenjo, ese mismo día

—Tome uno y páselo, pero no se lo tome todavía. Pierde su estatus de condenado si se lo toma. Corra la voz. Gracias. Tome uno y páselo, pero no se lo tome todavía. Corra la voz.

Repartían vasos de cartón, como los de las piñatas con pastel y payaso, llenos de un refresco tan repugnante que la ricina y la estricnina hasta le mejoraban el sabor. La gente no les prestaba atención. El niño de la primera fila iba a tomarse el vaso entero de un trago cuando su madre se lo arrebató de las manos. En el estrado, el Apóstol Pablo Cigarro tenía espuma en los labios y hablaba con un poder insólito.

—¡Aquí vino a parir la Gran Prostituta de Babilonia! ¡Aquí anidaron por siglos los monstruos marinos! ¿O acaso miento cuando les digo que en el terremoto del 2001 una serpiente del tamaño de la Cordillera del Bálsamo despertó de su sueño, cambió de piel y echó por tierra el país entero? ¡Una serpiente gorda que por haberse atipujado todos los cadáveres de la guerra civil y todos los que dejamos después de los Acuerdos de Paz! ¡Un reptil cochino, verga de Satanás, que sigue engordando enloquecido con todos los muertos que dejamos por ahí, ignorados, como si fueran mangos en la calle! ¡Los muertos que tiran por ahí las pandillas y los policías y los soldados y los oficinistas y los trabajadores de los call centers y los suicidas y nuestras Brigadas Apocalípticas que ahora andan en la calle cumpliendo nuestra divina voluntad condenatoria! Pobre culebra obesa; cree que se va a hartar hasta reventar y expulsarnos a la luna, hasta que nuestros trocitos de carne digerida lluevan sobre las grietas del desierto de Atacama y sobre los barrios de asesinos latinos en Los Ángeles y en las cúpulas del Vaticano. ¡Pero ella también perecerá! La Estrella llamada Ajenjo la partirá en dos y la calcinará hasta que no quede de ella ni cenizas. ¡Porque ni sus cenizas habrán de quedar entre nuestras cenizas!

¿Acaso miento cuando les digo que un niño horrendo y deformado nació poco antes del terremoto del 2001? ¡Ese niño era nuestro Padre y ese niño era nuestro Hijo, y ese niño de espíritu podrido llevaba nuestro Espíritu! Los vecinos llegaban a verlo para humillarlo y burlarse de su fealdad. Tenía cuernos. Tenía ojos rojos. Tenía cola. Tenía pezuñas. Si ustedes dejaran de bañarse por unos días, serían idénticos a él. ¿Y saben qué decía el niño cuando llegaban a humillarlo? Les aseguraba que más feo sería lo que iba a suceder en Santa Tecla. ¿Y qué pasó? A los días, esas colonias de las lomas de Santa Tecla eran un lodazal. ¡Ahí crecen esqueletos porque sembraron huesos! ¡Ahí salen a llorar las ánimas! En este valle maldito repartido entre asesinos, gobernado por asesinos, poblado de asesinos, caerá pronto la Estrella Llamada Ajenjo. ¡Brindemos por ello! ¡Alcen sus vasos y traguen hasta el fondo! ¡Amén! ¡Aleluya! ¡Amén!

 

La tribulación se había desatado en el auditorio. Era imposible distinguir quiénes convulsionaban por las sacudidas del espíritu y quiénes por las del veneno; ni a los que lloraban de alegría ni a los que lloraban porque algo parecido a la soda cáustica les corría por el esófago. El pastor y el niño de la primera fila eran los únicos que no estaban retorciéndose en el piso del auditorio.

Pablo Cigarro no encontraba cómo apagar la zarza en llamas que se le había encendido en el espíritu. Estaba a punto de volver a tranquilizarse y recordar que todo era una broma  cuando una ráfaga de energía pura barrió el techo, los graderíos, la histeria de los fieles, la sorpresa del niño y los últimos segundos de la conciencia de Pablo Cigarro.

El Salvador se fundió en blanco.

 

 

Motel “Hebreos 10, 31”; San Salvador de noche, años atrás

Pablo Cigarro había dejado a su última víctima en un cine porno del Centro de San Salvador. Como de costumbre, salió sin un peso en el bolsillo, sintiéndose muy solo, esperando que ya no pasaran buses para no tener que regresar a la habitación de motel que alquilaba. Una vez que llegó, encendió el televisor y se paseó con impaciencia entre los noticieros nacionales.

Era su séptimo asesinato y no había ninguna mención a él en los periódicos ni en la tele. La policía no podía ser tan inepta. Se preguntaba cómo era posible que les atribuyeran sus muertos a unos pandilleros inexpertos. Ellos no les rellenaban de flores la boca de sus víctimas, ni se esforzaban por buscar un tipo de idiota particular —pelo largo, sin vello facial, ojos hundidos, parecidos al hermano que le mataron en la guerra— en lugar de meterle un par de balas a cualquier infeliz que pusiera un pie en la colonia equivocada. Mucho menos les dibujaban estrellas de siete puntas con sangre  en el torso? Pablo Cigarro hasta se había esforzado por atacar siempre en la misma zona, la de los cines porno, siempre con determinado número de días entre muerte y muerte.

Un chico muy triste perdía de nuevo la oportunidad de ser el gran asesino de El Salvador. No un psicópata cualquiera de la guerra: uno como los de las películas gringas; no digno de incluirse en las enciclopedias del crimen. Quería que sus fanáticos y sus detractores le enviaran cartas al penal donde lo recluirían. Él las leería con cuidado y las respondería con el corazón.

El televisor empezó a vibrar de manera extraña. Los colores cambiaban, las imágenes se distorsionaban y solo se escuchaba ruido blanco. La apagó y arrojó el control contra la pared; se rompió. Se tiró a la cama y respiró profundamente. Escuchó los gemidos de las parejas en los cuartos vecinos. Podía desvanecerse en ese mismo instante y no cambiaría una sola cosa en el mundo.

Cuando lo venció el tedio, hurgó entre sus pertenencias y en los muebles del cuarto. Encontró un Nuevo Testamento, de los que regalan en las paradas de buses. Lo abrió en las últimas páginas y leyó el Apocalipsis. Se saltó las partes que lo aburrían y releyó las que le encantaban. Por un momento, creyó que el techo del cuarto se transparentaba para dar paso a las estrellas inquietas y malignas de la noche salvadoreña. Luego se quedó dormido y tuvo un sueño agitado. Una luz pequeña, como las que se cuelgan en los árboles de Navidad, le parpadeaba en el espíritu.

A la mañana siguiente, salió del motel para nunca regresar, tan solo con el Nuevo Testamento y la ropa que llevaba. Le cobró favores a un amigo y se tatuó una estrella de siete puntas por toda la espalda. En el centro tenía una A: por Apóstol y por Ajenjo, les explicaría a sus primeros fieles.