Los hijos del Lacandón
Ulises Vaquerano || La Bestia
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El muro

 

Del monte Lacandón se han visto bajar fantasmas que se arrastran. Gente que viene de más allá de los lagos secos. Caen como piedras, una tras otra, al ver el campamento. Se deshacen en la masa que forman los desterrados. Se juntan con ellos a esperar. Han bajado en manadas. Han visto a la multitud y se han fundido con los demás en la interminable comunidad de tiendas. Aquí se juntan los desgraciados frente al muro. Se pasan los días buscando comida, buscando fuerzas para trepar. Esperan que llegue la noche para dar el salto.

 

Han escalado el muro una y otra vez, sin éxito. De cientos en cientos se han lanzado contra sus pieles de metal. Acelerar monte abajo y trepar es su única meta. Han sido muchos hombres, mujeres y niños, y lo seguirán siendo. El hambre los hace saltar. Las historias de los abuelos son la única esperanza para soportar la sed. Historias de un mundo detrás del muro, de un desierto inmenso que desemboca en la paz. Se reúnen entre el polvo. Buscan las huellas de la tierra. No hay líderes, solo experiencia: quien más la tenga, más corre. En el sureste del Lacandón, donde crecen los nopales, se esconden y toman carrera en fila, como hormigas negras que llevan comida al nido. Corren hasta perder la vida, hasta que se les nuble la mirada. Saltan ese agujero seco que los ancianos llaman Usumacinta. Corren, llegan al muro y trepan, sin pensar en el cansancio. Se olvidan del miedo, ignoran los arañazos, tirones, cortes y magulladuras. Trepan, hasta sentir el frío, la luz o el golpe. Hasta caer. Hasta desfallecer. Hasta no poder más. Hasta que la noche se trague a sí misma y tengan que volver a deshojar el día para buscar alimento. Y vuelven a empezar, una y otra vez.

 

Esta mañana, Gasco está en los bosques de hierro buscando metales oxidados para hacer sus herramientas. Busca en los escombros que abundan en el Lacandón y encuentra unas varas de metal, que están tiradas junto a un montón de basura. Mientras las limpia con un trozo de la tela con la que se viste aparecen detrás de él merodeadores, chiquillos tontos que llegan a rapiñar e intentan quitarle las varas de metal. Pero no, no los va a dejar. El metal será la garra de su salto. Sus manos lo convertirán en una herramienta de salvación. Pero los merodeadores lo quieren todo para ellos. Tiran de sus cabellos y arañan sus brazos, pero Gasco no cede. Toma a uno del cuello, lo eleva tanto como puede y lo arroja a sus cómplices. Todos huyen sin ver atrás. Gasco también se va y deja el resto de escombros para los demás del campamento. Vuelve a su tienda con las varas de metal. La gente lo mira, atenta. Gasco ve cómo se van en dirección al monte, donde están los escombros. Todo mundo sabe que esta noche habrá un salto. Todos quieren sus propias herramientas. Todos quieren cruzar al otro lado, adentrarse en el desierto y buscar la paz. Gasco lo intentará una vez más.

 

Con la ayuda de un pedazo de madera une las varas de metal y confecciona un garfio. Golpe a golpe atacará el muro, como ya ha hecho incontables veces. Golpes precisos, para que no tengan tiempo de tumbarlo. Lo importante es no tener que empezar de cero. Lo importante es que sea la última vez, aunque eso pueda implicar la muerte. Golpe a golpe con su garfio. Paso a paso con esas botas medio rotas, que ha logrado reparar con ramas y barro seco. Les ha puesto al frente tres puntas de metal oxidado, para escalar más rápido. Así lo habían hecho otros antes que él. Los ancianos. Su padre, que murió en el intento. Gasco subirá, cruzará las navajas que coronan el muro, sin importar los cortes. Saltará y correrá. Detrás de él vendrán sus compañeros. Los desterrados. Los habitantes de este campamento. Los hijos del Lacandón.

 

El destierro

 

Estaba limpiando su nuevo garfio cuando lo encontró. Había visto a muchos bajar del monte y aventarse a las fauces del muro, pero nunca había encontrado a alguien que viniera del otro lado.

 

Su piel es blanca. Sin marcas en el cuerpo. Sin cicatrices gruesas como las que cruzan la espalda de Gasco y la de sus compañeros. Lo ve tirado frente al muro. Sangre, sudor y fango bañan su cuerpo. “Quizá pensó en un salto en solitario”, piensa Gasco. Una idea descabellada para alguien tan pequeño. Lo toma en sus brazos y lo lleva hasta su tienda. Tiembla. Le tira un poco de agua que había guardado de la lluvia. Intenta curar sus heridas con las mordidas de hormigas. Pero tiembla. Su temblor estremece la oscuridad del campamento. Se mueve como en una pesadilla. Lo tapa con la tela con la que cubre su espalda. Y espera, como esperan siempre los desterrados.

 

Ahora mira su garfio y sus botas una y otra vez. Se desespera por la idea del salto. Está cansado de esperar, esperar y esperar. No lo hará más. “Esta madrugada escalaré el muro. Cruzaré al otro lado”, se dice a sí mismo. Aquí no hay nada para él. Solo arena y hambre. Ahora también está este desconocido, que tiembla a pesar del calor sofocante que deshidrata la tierra. Gasco le habla aunque sabe que quizá no lo escucha. Tiene miedo. Está seguro de que este será su último día de este lado. Mañana estará más allá, del muro… o de la vida. Y lo único que ve son sus herramientas y el cuerpo tembloroso que está en su tienda.

 

El extraño abre los ojos y mira hacia todos lados. Se encoge sobre sí mismo, como un ciempiés. Gasco intenta calmarlo y corre en busca de agua para darle. Pero no habla. Lo mira como se mira a la muerte. “Me llamo Gasco, extraño. Gasco. G-A-S-C-O”, le repite, una y otra vez. Nada. Su boca es silencio. Sus ojos amenazan con salir de sus cuencas. Le repite su nombre y se apunta al pecho, esperando su nombre a cambio. Pero solo calla.

 

Gasco está revisando sus herramientas afuera de la tienda. De pronto escucha un grito de dolor. “¿Dónde estoy?”, pregunta, desesperado, el cuerpo lleno de sangre. Su voz es como un viento cálido que atraviesa la tienda. “Extraño, mi nombre es Gasco y estás en mi tienda. ¿Dónde está tu lugar?”, le dice, luego de correr hasta el interior. Él lo mira extrañado e intenta incorporarse. Logra sentarse. Mira hacia todos lados. Parece no reconocer nada. Su mirada se extravía por los colores opacos que los rodean. Sale de la tienda. Ve el Lacandón, su colina árida, sus arbustos secos y los nopales que lo pueblan. Mira las tiendas que inundan el campo, la arena que lo cubre todo y, finalmente, el muro. Ve el muro y se toca la cabeza, como quien está a punto de desmayarse. Gasco tiene que sostenerlo para que no se caiga. Se sientan. Le pasa un poco de agua. Bebe dos sorbos y sostiene la lata entre sus manos, mirando el fuego. Gasco vuelve a preguntarle su nombre. “Felipe”, susurra, sin mirarlo a los ojos. Gasco le repite su nombre y le extiende la mano. Él la mira, mira la mugre que cubre sus dedos, la tierra que llena la palma de su mano. Gasco mira, en cambio, la ropa extraña de Felipe, sus telas resistentes a pesar del lodo y la sangre, el artefacto de plástico que lleva amarrado en la muñeca, sus zapatos de colores chillantes. Felipe vuelve preguntar dónde está y entonces Gasco entiende que no viene de otra de las tiendas, que nunca había intentado saltar el muro, que no había llegado desde más allá del Lacandón, donde están los lagos secos.

 

Gasco lo ayuda a levantarse. Camina con él junto al mar interminable de tiendas. Trapos sucios, plásticos, palos, metales que sirven de morada para estas almas perdidas. Felipe mira las fogatas, las miradas perdidas de las viejas que raspan la tierra buscando un trozo de suelo donde pueda crecer algo, los grupos de personas reunidas que hablan y hacen dibujos en la arena. Llegan hasta el muro. Felipe se detiene. Mira el metal, mira las navajas y mira, sobre todo, el ojo que todo lo ve. Ese punto rojo brillante que se eleva por encima del muro y lo sigue a todos lados. Se acerca al muro. Lo toca. “Nunca nadie lo ha podido cruzar”, suelta Gasco. Felipe no deja de tocar el metal. Lo palpa. Siente su frío, la rudeza de ese material, fuerte y seguro, no como la basura que puebla este arenal. “No sabemos qué hay detrás. Lo único que vemos es el desierto”, le dice Gasco, que empieza a perderse en sus palabras. Parece como si se estuviera confesando, como si intentara dejar un último mensaje antes de escalar el muro esta madrugada, porque sabe que no quiere volver, que quiere irse de una vez de este desierto.

 

— Yo nací aquí, como muchos de mis compañeros, entre estas tiendas de campaña. Pero mis padres nacieron en un lugar diferente. En un lugar que ya no existe, que ha quedado atrapado y olvidado detrás del muro. Mis padres trabajaron toda su vida en el campo de su pueblo, un poblado a miles de kilómetros de este desierto y pensaban seguir haciéndolo. Un día, mientras inspeccionaban la cosecha, escucharon un ruido extraño. Vieron salir unas máquinas inmensas, más grandes que cualquier cosa que hubieran visto antes, que avanzaban hacia ellos. Mis padres hablaban de grandes animales de metal con trompas que escupían fuego. Esas máquinas rodearon por tres flancos al pequeño poblado de mis padres y les dejaron solo una vía de escapatoria, hacia la que empezaron a correr. La gente huía con lo que podía llevar encima.

 

Mientras habla, Gasco nota cómo Felipe se abstrae con el muro. Lo mira, lo toca, lo examina con detenimiento y parece no prestar mucha atención a lo que le dice. Pero Gasco sigue hablando.

 

—Aún no había nacido cuando sucedió todo esto, pero mis padres me contaron que toda esa tierra fue arrasada por los animales de metal. Muchos de los que estamos aquí somos hijos de esas tierras y esperamos poder volver algún día.

 

Felipe se mueve de un lado al otro del muro mientras Gasco lo sigue: se mantiene detrás de él a escasos metros y continúa con su monólogo. Felipe se rasca la cabeza y se aprieta las sienes compulsivamente, como intentando sacarse una idea de la cabeza o recordar algo.

 

—Confiamos en que más allá, detrás del muro, aún siguen aquellos campos que cultivaban nuestros padres. Yo solo he conocido estas tierras áridas, estas fogatas y la constante búsqueda de alimento y agua, el interminable paisaje de tiendas de campaña de tela, basura y restos de antiguas construcciones. Todo lo que hay detrás del muro es un misterio, para mí y para todos los que estamos aquí. Queremos ir, queremos saltar, poner en riesgo nuestras vidas. Queremos algo más que solo arena, miseria y hambre. Esta noche treparemos el muro y será la última vez.

 

Gasco mira y espera una reacción de su parte, pero el extraño solo calla, así que sigilosamente se gira y vuelve a la tienda. Tiene que prepararse para el salto. Guardar energías. Entrenar la mente. Invocar la agilidad.

 

Felipe golpea el metal del muro. Lo golpea una y otra vez hasta que le sangran los nudillos. “¡Sáquenme de aquí!”, grita, desesperado.

 

El ojo que todo lo ve fija su mirada en él y dilata su pupila metálica.

 

La Villa

 

Frente a Felipe, el metal consume todo el paisaje. En el centro está el punto rojo, el ojo que todo lo ve. Un ojo que también parece escuchar. Felipe recorre el muro. Se fija en que su retina metálica lo persigue. Felipe camina de izquierda a derecha, en un ciclo interminable de pasos. El ojo que todo lo ve no lo abandona ni por un instante. Mira detenidamente sus manos, manchadas del ocre cobre del óxido. Eleva su mirada por todo el muro. Seis metros de muerte súbita. Alambre y púas gigantes. Más adelante hay más metal, más cuchillas, más obstáculos. Solo más allá, después de otra muralla, también vigilada por cientos de ojos metálicos como el que observa a Felipe, se ve desierto, desierto y más desierto. Parece como si al otro lado no hubiera nada, como si no existiera más que la arena y el sol que queman la piel como cuchillo que destaja carne. Pero Felipe sabe que hay más que solo la aridez del vacío. Hay calles lisas y asfaltadas, vehículos que se deslizan como en un campo de algodón, edificios interminables, iluminados hasta el más recóndito de sus huecos, llenos de vidas que suben y bajan, que se mueven siguiendo el ritmo desenfrenado de la Villa, el lugar que fue su hogar y que ahora está atrapado al otro lado del muro.

 

De este lado hay tierra y fango. Hambre y sequía. La gente se amontona en carpas esparcidas de forma irregular hasta más allá de donde alcanza la mirada. No hay pantallas de distintos tamaños, ni carne deshidratada ni tortillas sin gluten, mucho menos los recursos ilimitados que aparecen al toque de un botón en la puerta de casa. No hay enormes edificios blancos como los que componen las calles de la Villa, ni los múltiples sonidos que adornan su vida diaria. La luz parece haberse esfumado para siempre en este hueco oscuro del mundo, protegido solo por el monte Lacandón.

 

Felipe observa todo. Intenta recomponer lo sucedido y entender cómo terminó de este lado del muro. Piensa en su trabajo como supervisor de tendencias sociales, en la oficina llena de computadoras donde revisaba minuto a minuto los flujos en las redes en línea, en los informes, en la productividad siempre necesaria que alimentaba y daba sentido a su vida. Lejos también de la pantalla, de los presentadores que cada día le decían qué tenía que hacer y pensar, de las pastillas con que acompañaba sus programas favoritos: alucinógenos, ansiolíticos, desinhibidores, drogas sintéticas, anfetaminas y cristales que el sistema sanitario proporcionaba de forma gratuita para poder sobrellevar las múltiples horas seguidas de trabajo que le exigían los niveles de productividad impuestos por la empresa. Las pastillas que también fueron el motivo de su expulsión de la Villa.

 

Las pastillas

 

Todo empezó una tarde, en el descanso de cinco minutos que tenía entre turnos. Felipe apretó el botón de la comida y apareció ante él un plato de carne deshidratada con jugo de lentejas. Se lo comió de un bocado. Era la hora de su tableta para los nervios, pero al presionar el botón apareció en la pantalla un mensaje de error. Volvió a presionarlo varias veces, pero nada. Sonó la alarma para volver al trabajo, así que lo dejó así y volvió a la faena. No podía perder tiempo. Le faltaban veinte puntos laborales para estar entre los primeros diez del ranking y convertirse en trabajador premium, con acceso al club Olimpus. Pero para eso necesitaba aumentar por lo menos una hora diaria su jornada laboral, que ya era de casi quince horas. Siguió tecleando como un loco, desplazando ventanas, midiendo porcentajes de share en línea, interacciones en redes sociales, optimizando las herramientas de búsqueda. A los quince minutos sintió una punzada muy fuerte en un costado de la cabeza que le hizo soltar el teclado por un rato. Intentó ignorar el dolor, pero seguía creciendo. Faltaban casi cuatro horas para su próxima pausa. Aun así saltó para apretar el botón de las pastillas. No podía más. De nuevo el mensaje de error en la pantalla. Error. Error. Error. No entendía nada de lo que pasaba. Sonó en el intercomunicador una llamada desde recursos humanos. Querían saber por qué había bajado tanto su rendimiento en cuestión de segundos. Le dijeron que llegaría alguien a revisar su expendedor de pastillas. Tenía que seguir trabajando o le quitarían cinco puntos y bajaría casi ocho puestos en el ranking. No se lo podía permitir, así que hizo un gran esfuerzo por seguir trabajando. Pasaban los minutos y el dolor se hacía insoportable. Dejó de trabajar. Empezó a presionar el botón como un maniático, sin parar. Error. Error. Error. De nuevo lo llamaron. Que qué hacía, que por qué no se comportaba, que qué hacía sin trabajar, que qué… y no terminó de escuchar lo que le decían, porque todo se volvió negro y perdió el conocimiento.

 

Cuando recobró la conciencia se encontraba en un cuarto blanco, muy iluminado. Estaba acostado en una cama y conectado a una máquina. Nunca había estado en un lugar como ese. Era uno de esos ambulatorios donde enviaban a la gente que tenía brotes psicóticos o a aquellos que se contagiaban de algo durante un viaje. Felipe no solía enfermarse, siempre tenía al alcance las pastillas. Prácticamente no se movía del trabajo o del apartamento.

 

Entró una persona con una bata blanca y escribió un par de números en una tableta.  No podría volver a trabajar hasta el día siguiente. Felipe insistió en que no podía dejar el trabajo a medias e intentó ponerse de pie. El hombre de la bata blanca lo sostuvo del brazo y lo obligó a sentarse en la cama mientras tomaba las últimas notas en su tableta. Nada de trabajo por hoy. Por seguridad. Por la empresa.

 

Cuando por fin lo dejaron salir del ambulatorio corrió al hyperloop más cercano y se transportó hasta su apartamento. Ahí buscó, ansioso, su tableta y miró su status laboral. Se quedó completamente helado, con la pantalla entre las manos, cuando vio que no solo le habían bajado ocho puntos, sino que además lo habían relegado a una segunda categoría, veinte puntos más abajo. Le entró un ataque de pánico. Corrió hasta el dispensador de pastillas. Apretó el botón: error. Continuó presionando, pero siempre lo mismo: error, error, error. Salió del apartamento y fue donde Pedro, su vecino. A veces se reunían para tomar sus dosis de ácidos. Habían descubierto que eran mucho más divertidos en compañía (la gente, cuando decían eso, los miraba como si fuesen alienígenas, unos extraños). Pedro, al ver a Felipe, lo tomó de un brazo y lo hizo sentarse en una silla. Felipe intentaba explicarle, pero las palabras se le atropellaban en la boca. Logró decirle que necesitaba unas pastillas para calmar el pánico, pero Pedro le contestó que acababa de tomarse su dosis y que no tendría disponible hasta dentro de dos horas. Felipe le rogó de forma muy insistente, pero una parte de él sabía que Pedro no mentía, que en verdad no podía hacer nada. Tras unos minutos de discusión, Pedro le dijo que tenía una idea, pero que era peligrosa. A Felipe no le importaba, estaba dispuesto a todo. De modo que lo llevó hasta el hyperloop y le dijo que lo llevaría a un lugar secreto. Vio cómo tecleó una dirección extraña en el hyperloop, casi en los confines de la Villa. Llegaron hasta un edificio esférico, raro, con cortinas de colores y chimeneas humeantes. “Esta es la antigua central farmacéutica”, le explicó Pedro. Felipe no sabía que continuaba existiendo, pensaba que habían trasladado todos los equipos al nuevo edificio central, en el barrio financiero de la Villa. Casi todo había sido trasladado. Aquí solo quedaban la producción de drogas minoritarias, dirigidas a casos y enfermedades muy concretas. Un amigo de Pedro trabajaba ahí como dispensador. Se llamaba Luis. Era un chico joven, de unos 22 años. Tenía el cabello largo, una característica extraña en los jóvenes de la Villa. Sus ojos estaban rojos y se veían como adormecidos. Pedro le explicó la situación de Felipe y él sacó una pastilla para el pánico. Felipe se la tomó de un golpe. Se sentó y esperó los efectos. Cuando se calmó, miró a Pedro a los ojos. “No sé cómo voy a hacer para recuperar el trabajo perdido”, dijo, con una seriedad y una calma sintética, totalmente contraria al estado psicológico interior que tenía, de puro terror y ansiedad. Pedro miró a Luis y Luis miró Felipe. Luis caminó hasta una estantería. De ahí sacó una caja roja y la depositó en las manos de Felipe. La abrió y encontró unas 10 cápsulas azules, más grandes de lo normal. No entendía nada. Luis le dijo que esas pastillas lo ayudarían a ser más productivo. Podría subir en el ranking treinta puestos al día, así que en dos días ya habría superado su posición anterior. Lo miró con recelo y le preguntó qué tan en serio iba eso. Luis explicó que era una pastilla que habían fabricado ellos en este edificio, que no se encontraba en ningún otro sitio de la Villa y que no tenía que decirle a nadie. Felipe guardó la cajita en el pantalón, le dio las gracias a Luis y salió junto con Pedro.

 

Al día siguiente Felipe hizo su rutina con normalidad. Se despertó y fue directo al trabajo. Desayunó mientras terminaba de arrancar toda la central de trabajo. Antes de empezar a teclear se tomó una de las cápsulas azules que le había dado Luis. Al principio no sintió nada. Simplemente siguió trabajando hasta que, sin darse cuenta, llevaba más de ocho horas sin parar. Se había saltado la primera de las pausas de descanso. A los minutos, sintió cómo la realidad volvía a él. Los efectos de la cápsula disminuían y empezaba a sentir una punzada en la cabeza, justo como cuando se desmayó. Apretó el botón del dispensador de pastillas. Error. El pánico empezó a atacarlo otra vez. Se tomó otra de las cápsulas azules, aunque Luis le había dicho que debía descansar por lo menos 15 horas entre una cápsula y otra. No hizo caso, se la tomó y siguió trabajando como si nada. Pero esta vez no se calmó. Al contrario: el dolor fue creciendo y creciendo hasta que, contra su voluntad, empezó a pegar gritos. Sonaron las alarmas y las llamadas. Le pedían que se calmara, que volviera al trabajo. No hacía caso, solo podía arrancarse los cabellos y pegar gritos. De nuevo surgieron las amenazas: o paraba o le quitaban todo progreso laboral conseguido. Su cuerpo actuaba contra su voluntad y no podía dejar de gritar. Las llamadas y las alarmas cesaron. En la pantalla solo vio cómo sus números bajaban. Se desplomaba en el ranking. Felipe golpeó la pantalla. Le pegaba puñetazos, patadas, escupía y seguía gritando. Hasta que la quebró. Entonces, todas las luces se apagaron, hubo silencio y sintió un choque eléctrico en el cuello. Sombras es todo lo que recuerda.

 

Sombras gigantes que lo sujetaban, lo metían en un hyperloop y lo llevaban lejos, muy lejos. Felipe pataleaba y pegaba puñetazos a las sombras que no lograba distinguir. Ellas también respondían con golpes, pero Felipe no dejaba de gritar y pegar a todo lo que se moviese. Hasta que le volvieron a dar un choque eléctrico.

 

Cuando despertó, ya estaba del otro lado del muro. Ahora todo quedaba solo en su memoria. El tiempo le parece más lento. Más pausado y eternizado por el calor y el hastío. Aquí no tiene ninguna necesidad productiva que cumplir. Aquí no necesita ser reconocido. Aquí no hay recompensas. Ni rankings de popularidad. Ni la Villa. Aquí no tiene razones para vivir. Ni pastillas. Todo queda detrás del muro.

 

El Salto

 

La noche es silenciosa en las faldas del Lacandón. Ni una sombra se asoma entre las tiendas de campaña. Pocas fogatas iluminan la penumbra. Gasco se ha ido hace varias horas. Felipe intenta encontrarlo con la mirada entre los árboles raquíticos del monte, mientras la fogata lo ilumina. Pero no aparece nada ni nadie. De pronto, al otro lado de la colina se ve una turba que corre a todo pulmón cuesta abajo. Los primeros cien atraviesan fácilmente el Usumacinta y se echan a correr hacia el muro. Cuando la segunda tanda de cien llega a la trinchera del río seco, los primeros empiezan a escalar. Solo se logra reconocer una masa negra que parece comerse el muro de abajo hacia arriba. Felipe cree ver a Gasco. Es el más rápido de todos los que escalan. Felipe camina rápido. Quiere acercarse para ver mejor lo que está pasando. Sea o no sea Gasco, esa sombra, la más rápida de todas, se balancea en la valla e intenta impulsarse para pasar como un rayo entre las cuchillas que protegen el muro. Gasco conoce el dolor de esas cuchillas en la piel y sabe que un solo pinchazo lo puede tirar al suelo. Cuando la masa se acerca a la cima y la turba se ha vuelto más numerosa, una luz se enciende de golpe y ciega a algunos, que caen y arrastran consigo a otros de sus compañeros. Entonces se encienden más luces. Unos treinta faros apuntando directamente a la estampida. Las cámaras giran inmediatamente y enfocan a la turba enfurecida. Gasco no se deja distraer, se impulsa hacia arriba y sigue su camino, con la mirada fija en el final del muro.

 

Estaba en la orilla misma del muro, cuando un disparo lo hizo caer hasta la tierra. Un solo golpe de uno de los cañones de acero que protegen el muro bastó para tumbarlo por completo y por siempre. Los demás siguieron intentándolo, pero entonces cayeron más y más, hasta que la masa se desintegró, como pequeñas hormigas que huían en busca de refugio. Entonces volvió el silencio y la noche se hizo más oscura cuando se apagaron los faros del muro. Frente al metal oxidado, cuerpos de hombres, mujeres y niños. Lodo de sangre y tierra. Felipe se acerca a ellos, temeroso, e intenta distinguirlos, pero le parecen todos iguales. Era la primera vez que veía una escena así. Se quedó casi una hora viendo los cuerpos, sin poder moverse. Cortados, baleados, tirados en el suelo. El olor a sangre y sudor, la masa deforme de pieles apiladas frente al metal, los huesos visibles que atraviesan la carne, los agujeros de bala de donde brota sangre. Todo era nuevo para él, demasiado complejo para comprenderlo. Pero entre los cuerpos un tenue brillo lo llama. De la punta del pie de uno de los cadáveres sobresalen tres puntas de metal. Felipe se acerca, se hinca ante el cuerpo, le cruza los brazos sobre el pecho y le cierra los ojos. Se detiene a observar el fruto de lo inevitable: el cuerpo de Gasco trazado, de nuevo, con heridas que todavía sangran. Antes de irse, le desata las botas y se las cuelga en el hombro. Al ponerse de pie, vuelve a ver hacia el muro y siente de nuevo la tensión de su mirada. Su ojo, que todo lo ve, lo persigue mientras se aleja.