Panópticon
Efraín Caravantes || Quando substituuir as pilhas
Efraín aborda el tema del ser humano dentro de la sociedad de consumo, en la que todo se reduce a las indicaciones dadas en los manuales de instrucciones de los productos que nos acompañan en cada momento: teléfonos, cámaras, televisores y demás objetos tecnológicos, presentes en este caso como soporte. Frente a ese marco de fondo, lo humano tiene el protagonismo, a veces siguiendo las reglas dadas por las nuevas formas de relacionarnos y otras veces negándolas y volviendo a una forma de unión más básica, menos artificiosa.

 1.

Ítalo Sánchez se encuentra titiritando en la sala de su casa, en la colonia Monserrat, con una manta sobre los hombros y una taza de chocolate humeante frente a él. En la cocina, Irina Sánchez prepara el desayuno: frijoles licuados, plátano frito y huevos revueltos. La tele está encendida y transmite un programa de entrevistas. Ítalo tiene la mirada puesta en el televisor, pero escucha poco o nada de lo que dicen esas personas serias y bien vestidas. En realidad, piensa en Manuel Alas, hasta hace poco el voluntario más joven de la Cruz Verde salvadoreña. Ahora el más joven es él, y de Manuel solo queda un par de fotografías: con el uniforme escolar, cargando la bandera un 15 de septiembre, con el uniforme de la Cruz Verde, una grupal en la que también sale Ítalo y otra roída de su bautismo cuando tenía dos o tres años. Hace una semana las fotos combinadas con los llantos histéricos de la madre de Manuel le parecieron insoportables. Tuvo que quedarse hasta el final de la vela porque todos los de la cruz verde habían llegado juntos en un microbús alquilado.

 

Hasta entonces, la muerte le había parecido una cosa abstracta. Ni el homicidio de los hermanos López en 2013, ni el suicidio de Alexander Rivas en 2014, ni la muerte de Fredy Escoto en 2016 lo habían afectado de esa manera. Mucho menos lo afectaban los innumerables heridos y muertos que recogía y auxiliaba cada noche por toda la ciudad.

 

Desde lo de Manuel tiene una pesadilla recurrente que lo hace despertar sobresaltado, empapado de sudor pero con un frío terrible aquejando su cuerpo de adolescente. En la pesadilla, Ítalo está sobre una fosa oceánica que acaba de emerger en el hemisferio sur, cerca de la Antártida. Tiene frío y solo lleva encima el uniforme y el casco. Hay un montón de peces muertos a su alrededor y el mar no es del color del que debería ser. Es oscuro como en una cloaca, y los rayos solares apenas se filtran por un cielo cubierto de una nube de humo denso. La escena se extiende hasta el horizonte. Un olor fétido, a animal o veneno o ambos, invade sus fosas nasales. Después de que Ítalo camina varios kilómetros en línea recta esperando encontrar un paisaje menos desolador sonidos vocales sordos y roncos retumban en sus tímpanos. Pronto una criatura se materializa en el horizonte: es mayor que una casa de dos plantas, toda hecha de cuerdas o vísceras, con una forma parecida a un huevo, con seis pares de patas peludas que le permiten desplazarse. El cuerpo en sí no parece tener una composición sólida, más bien parece gelatinoso y compuesto de tripas sueltas. Tiene cientos de enormes ojos saltones que se abren y se cierran todo el tiempo, dos docenas de bocas dentadas que le salen por todos lados como buscando algo que masticar, de ellas sale ese olor a fosa séptica. Las bocas no detienen su movimiento nunca. Se abren y cierran continuamente. Lo peor de todo es la cara semihumana que corona al conjunto. Es diminuta en comparación al cuerpo y parece como si alguien la hubiese pegado ahí. El resultado es genuinamente aterrador. La criatura pasa indiferente junto a él. Los sonidos siguen y, aunque no producen nada inteligible, le transmiten a Ítalo la sensación de que nada de lo que él hace es significativo o contribuye a mejorar nada, de que las vidas humanas son dispensables y no tienen un lugar especial en el universo. Los sonidos de pronto se transforman en una voz aterradoramente familiar que le dice que no hay propósito y que debería desistir de encontrarlo.

 

Los dos hermanos menores de Ítalo aparecen en la sala, se sientan en la mesa junto a él, le lanzan una mirada de extrañeza y proceden a ignorarlo. Uno de ellos cambia el canal y sintoniza las caricaturas matutinas. Otro de ellos empieza a dibujarlas en una libreta. Son trazos torpes y feos. El que mirá la televisión le quita el lápiz al que dibuja. A continuación una lucha feroz por el lápiz, que termina en gritos y llantos. Ítalo sigue temblando sin tocar el chocolate. Irina pone la mesa.

 

2.

Tenían la ambulancia estacionada y estaban comiendo en una gasolinera cuando sucedió. Él lo habría visto todo si no hubiese estado tan ocupado maniobrando con su hotdog para que no se le saliera el escabeche. Al igual que Ítalo y Félix, solo escuchó el impacto de un Chevrolet descascarado y antiguo -esto lo sabrían más tarde- contra un motociclista, que a su vez impactó con otro automóvil que recibió el impacto de un cuarto en el bumper al frenar con brusquedad. El hombre herido era el de la motocicleta. No llevaba casco y su cabeza hizo crac cuando se estrelló contra el asfalto. Algunos conductores bajaron de sus carros y, junto a un par de peatones curiosos, rodearon al hombre sin saber qué hacer. Orlando se tragó el hotdog haciéndolo pasar con sorbo de gaseosa y se puso al volante del vehículo de soporte vital básico. Ítalo y Félix dejaron los suyos sobre la mesa, salieron tan rápido como pudieron.

 

Orlando cortó el tráfico del carril norte. Aunque únicamente estaban equipados y autorizados para proporcionar cuidados urgentes, algo en su interior, y en su experiencia, le decía que iban a tener que asumir la arriesgada tarea de trasladar al paciente –las ambulancias preparadas para trasladar estarían muy ocupadas en las zonas más pudientes de la ciudad–. Ítalo y Félix bajaron la camilla. Félix, doce años mayor que Ítalo, más fuerte y experimentado, se acercó al grupo de personas que rodeaba al motociclista. Abran paso, abran paso, cruz verde, dijo Félix gritando. Ítalo arrastró la camilla mientras Félix determinaba la gravedad de la contusión. Orlando Quiñónez encendió un cigarrillo mientras cientos de conductores furiosos pitaban para que se apartara del camino. Había una unidad de salud a 600 metros pero sería una pérdida de tiempo. Vio por el retrovisor. Era la cuarta vez en la semana que se le aparecía el fantasma de su padre para interferir en sus asuntos. Lo mejor sería llevarlo a un hospital de tercer nivel, dijo el fantasma de su padre. Orlando puso los ojos en blanco. El fantasma de su padre le lanzó un diagnóstico en el que el motociclista tenía pocas probabilidades de sobrevivir. Vio las luces azulgranas de la policía que venían del carril norte. Un hombre se bajó de su carro y le gritó: qué putas estás haciendo. Orlando le dio una calada profunda a su cigarrillo, ignoró al tipo. Al fantasma de su padre no lo pudo ignorar, cambiaba las estaciones de radio buscando algo que se adecuara a sus gustos.

 

Un agente de la policía de tránsito llegó con su moto y su chaleco naranja. Félix e Ítalo levantaron al hombre, cargando cada uno un extremo de la camilla. El policía procedió a alejar a los curiosos, a aplacar la furia de los conductores y sus pitos ensordecedores. Una vez estuvo dentro el motociclista, Orlando apagó la radio, activó la sirena, tiró el cigarrillo por la ventana, cogió el timón con ambas manos y pisó el acelerador. Desde entonces no ha parado.

Félix le habla al hombre para que se mantenga despierto, no se preocupe, estamos por llegar, míreme, todo va a estar bien, le dice. A Ítalo le preocupa la cantidad de sangre que está perdiendo el hombre. Por la dilatación de sus pupilas, infiere que los niveles de adrenalina se le han disparado, las luces y la velocidad lo aturden, en cualquier momento podría cerrar los ojos, entrar en un estado de ensueño y quedarse ahí para siempre. Se pregunta si Manuel tuvo una experiencia similar al hombre, si alcanzó a pensar algo, o si de golpe toda la luz del mundo se apagó para él. Llegan al hospital y el personal de urgencias se hace presente, mientras se alejan, Ítalo ve que uno de los brazos del hombre cuelga goteando sangre. Félix le dice ya está, no te preocupés, va a estar bien, estás pálido. Pregunta si quiere algo de comer. Ítalo asiente, Félix se aleja, desaparece como tragado por la estructura gigantesca e imponente del edificio. Orlando ve por el retrovisor. Es en este momento, o en momentos como este, cuando tendría que decir o hacer algo que reconforte a los miembros más jóvenes de la brigada, pero no se le ocurre nada que resulte sincero de su parte, podría ponerle la mano sobre el hombro, ofrecerle un cigarrillo;  cualquier cosa. Decide que lo mejor es encender la radio, sintonizar una estación, cualquier estación; deja una cumbia. Ítalo parece recobrar el rubor en las mejillas. El fantasma de su padre sugiere que ahora es el momento para empatizar, para iniciar una charla. Orlando dice que él es no es el más adecuado para hablar de empatía. El fantasma de su padre parece apenado. Se vuelve cada vez más transparente. Orlando sabe que es cruel de su parte recordarle lo pésimo y mediocre que fue en vida, sabe que precisamente por eso insiste en aparecérsele: quiere redimirse, involucrarse por primera vez, desde esa otra dimensión que le permite ver más cosas. Orlando se da la vuelta. Ve las mucosas enrojecidas de Ítalo, el aparato lagrimal excretando líquido. Nunca antes lo había visto así: llorando. Después del consuelo estándar, le cuenta una historia personal, en donde él ve a un ser querido sufriendo, y descomponiéndose, no sabe, con precisión por qué cuenta esa historia, pero el mensaje que quiere transmitir es que entiende lo que está pasando Ítalo, que no está solo.  El fantasma de su padre sonríe. Cuando Orlando lo busca en el asiento ha desaparecido.

 

Félix vuelve con una bolsa de plástico en la mano. Se sienta en el asiento del copiloto. Extrae tres sándwiches de pollo de la bolsa. Los devoran con rapidez. Saben que la noche se estira como un cilindro que puede adquirir formas inesperadas. Más tarde auxiliarán a un hombre herido con arma blanca en un callejón oscuro. A un hombre arrollado por un conductor borracho que se da a la fuga. A dos automovilistas atrapados en estructuras de lata deformes. En calles mal iluminadas, a jóvenes -casi niños- con balas alojadas en sus estómagos. Tratarán de contener sus hemorragias, les sostendrán las manos, preguntarán sus nombres, el número de algún familiar. No obtendrán respuesta alguna.

 

3.

Cierra la puerta con llave. Abre el grifo y deja correr el agua. Baja la tapa del inodoro y se sienta sobre ella. Se baja los pantalones, se desprende de ellos. Se toca distraídamente. No se puede concentrar.

 

Piensa en Eunice, con la cara endurecida de siempre, fumándose un cigarrillo en el estacionamiento. Piensa en la dificultad de la petición a la que dijo que sí, a la que arrastró a Orlando; encontrar una persona en un mar de personas. ¿Pero qué pensaba que iba a pasar después? ¿Por qué creía que hacerle ese extraño y favor haría que Eunice lo viera de una forma que no fuese maternal? ¿Por qué creía que podría despertar en ella otra cosa que ternura o simpatía o lástima?  Además ¿cuáles eran las probabilidades de encontrarlo? Y, sobre todo: ¿qué tenía el pendejo de Orlando que no tuviera él, además de la edad, atributo totalmente accidental porque uno no elige cuando nacer ni en qué condiciones? Además, él estaba más comprometido con la causa. Orlando era un imbécil, nada más que eso. Por supuesto que iban ayudarla a encontrar a su hermano, había dicho esa tarde, después pensó que el entusiasmo de la frase estaba fuera de lugar. Siente vergüenza al recordarlo.

 

Sacude su glande con violencia, estira la piel, se pone duro. Piensa en Eunice, y en sus dientes amarillos por tanto tabaco; en las ojeras que se forman bajo sus ojos por la falta de sueño que contrastan con su piel pálida; en sus pechos firmes que a veces se dejan entrever por la camisa mal abotonada; en su voz ronca pero a la vez infantil. Piensa en esa mano temblorosa con la que le pasa el encendedor a Orlando. Al estúpido de Orlando. Aumenta la velocidad. La cabeza se pone roja. No puede evitar imaginarlos dentro de la ambulancia, Eunice sobre la camilla chupando la verga erecta de Orlando. Las lamidas reciprocas que se dan en el cuello, la espalda, en todo el cuerpo. Las piernas abiertas de Eunice recibiendo las embestidas rápidas del imbécil ese. La cara de Eunice con los ojos semi-cerrados. Los gemidos de placer. Las lenguas encontrándose, formando nudos de carne amorfos, los hilos de saliva finos como telarañas cuando sus bocas se separan. El pezón tan oscuro como la espalda de Orlando. El ceño fruncido del idiota. Las nalgadas ocasionales que pide Eunice con la voz quebrada. Se siente cerca de acabar. Acelera el movimiento de su muñeca. La boca semiabierta de Eunice. Las embestidas finales, en las que Orlando sujeta con fuerza el peroné de Eunice. El rostro sudado de Orlando. El estremecimiento de Eunice. La cara del motociclista muerto. La cara del motociclista muerto. La cara del motociclista muerto.

 

4.

El teléfono suena. Desde el sillón Félix le dice que la llamada es para él. Es su madre, debe de ser ella otra vez. Desde que decidió quedarse en la base de la Cruz Verde para ampliar los horarios de su búsqueda, su madre insiste en llamarle a diario. Él miente: dice que sí, que está yendo a la escuela, que todo bien, están haciendo progresos en la investigación. Le grita de vuelta, a Félix, que en este momento no puede, que le diga que está en el baño. Sigue revisando la guía telefónica y los recortes de noticias en las que hablan de cuerpos encontrados a la orilla de la carretera y de los albergues y campos para la ola de desplazados que cada día aumenta más, probando así la incapacidad del gobierno para solucionar cualquier problema. El siguiente lugar a visitar de su lista es el parqueo de un almacén cuyo dueño deja que los desplazados duerman por las noches. A la mañana siguiente los echa a patadas, para que no interfieran con el negocio. Cuando le contestó, le dijo que ni puta idea de nombres particulares, que si quería buscar a alguien fuera él mismo al estacionamiento.

 

Sale del cuartucho con los recortes y el cuaderno bajo el brazo. Ahora viene la parte más difícil: convencer a Félix y a Orlando. Ellos viven en la sede desde hace tiempo. Tienen una rutina establecida. Por las noches, cuando están libres de trabajo, beben cerveza y miran la televisión. Hay juegos de mesa desparramados por ahí, condenados al olvido. Félix le dice a Orlando que cambie el canal, que quite esa película del año de la cuca y, que ponga de una vez el partido. Orlando dice que él no es quien está pasando los canales. Félix está por responderle pero ve a Ítalo de pie, observándolos. Adivina las intenciones de Ítalo, dice que ni se le ocurra que van a salir a buscar al hippie ese, que ya debe de estar muerto, ya pasaron dos semanas, por dios, que se dé ya por vencido. Si no lo encontraron en todos esos albergues, ni en la morgue, es que nunca lo van a encontrar. Además la última vez que él ayudó las cosas resultaron mal. Le pregunta si no se acuerda de cómo gritaba algo sobre bestias aladas y hombres sin rostro, el quince de septiembre, día que se supone que debían enfocarse a estar atentos para atender cualquier emergencia que se presentara entre los espectadores que disfrutaban del desfile, y no andar buscando cerotes, que ni en su casa los querían. Ítalo hace un esfuerzo por recordar pero le resulta imposible. Félix pregunta que si tampoco se acuerda de lo que sucedió hace dos días, mientras sacaban cuerpos del río, el ridículo que hizo frente a las cámaras de televisión, que filmaban, como lo hacían todos los años para esa época, a las familias que lloraban porque lo habían perdido todo a las orillas de la quebrada. Que empezó a gritar que había tentáculos en el río y hombres con cara de pez saliendo de él. Le dice finalmente que lo que necesita es descansar, dejar de estresarse por esas pendejadas, que si desapareció seguro se lo buscó, que mejor se relaje, que debería tomarse un par de birritas y ver un partido o algo. Ítalo trata de recordar, pero lo único que recupera de los días mencionados es una sensación de angustia, la misma que tiene al despertarse, después de los sueños en los que se le aparece la criatura. Orlando habla en voz baja, parece argumentar con alguien. Sale de su trance para decir que él sí se anota, hasta que Eunice e Ítalo no se den por vencidos, él va a seguir ayudando. Se mete al garaje para prender el motor de la ambulancia. Félix se acaba la cerveza  de un solo trago.  Cuando termina estruja la lata. Le da una patada con el zapato. A la gran puta, vamos pues, dice.

 

A esta hora de la noche las calles del centro de la ciudad se vuelven tierra de nadie. En el almacén los recibe un vigilante con la radio prendida. Fuma compulsivamente. No dice nada. Les apunta con su lámpara, ve sus uniformes, los deja pasar. En la radio solo se escucha estática. En el estacionamiento cientos de personas duermen con los latidos sincronizados, dándose calor unos a otros, expelen gases y fluidos que llenan el lugar con un olor indescriptible. Ítalo se cuelga la foto del hermano de Eunice en el pecho. Orlando y Félix se adelantan, caminan hacia el grupo de personas que permanecen despiertas calentándose las manos en una fogata. Ítalo escucha una voz que resuena en toda su cabeza. Se paraliza. La voz es hipnotizadora. Le dice que salga del parqueo, vamos, que salga ya. Ítalo desanda sus pasos. En la entrada el vigilante le sonríe, le faltan todos los dientes,  sigue escuchando la estática. En las calles aledañas duerme más gente, en lonas, en petates, envueltos en sábanas, sobre cartones o directamente sobre el suelo.  La voz lo guía. Lo aleja por calles cada vez más estrechas y laberínticas. Dice que no tenga miedo, lo calma. Es una voz bastante agradable. Ítalo camina sin reconocer las calles. La voz dice que ya están cerca. Ítalo quiere preguntar cerca de qué pero no puede. La voz le indica que camine en medio de la calle. Ítalo se siente observado. Agudiza el oído, oculta por la primera voz hay otras, docenas, quizás cientos. Todas pelean por obtener su atención. Llegan a un parque que tiene la estatua de un hombre que monta un caballo. A los pies de la estatua, un grupo de criaturas encorvadas hace un círculo alrededor de algo. Están alimentándose, eso es, deben estar repartiéndose la presa. Una segunda voz logra abrirse paso entre las otras voces, y se superpone a la primera por un momento. Le dice que pare, que no se acerque, que no escuche a la primera voz. Ítalo no comprende. Quiere saber, necesita saber qué es lo que comen. Se acerca. Las criaturas tienen la piel amarillenta, las costillas pegadas a los huesos, hocico y colmillos de perro.  Tienen un aspecto enfermizo pero feroz. Huelen mal, huelen a mierda. La primera voz logra superponerse a la segunda, dice se olvide del olor a mierda, que se acerque, que forme parte del círculo, las criaturas son generosas, están dispuestas a compartir. La segunda voz se presenta como el padre de Orlando. Dice que él, Ítalo, como su hijo, es un canal. Pero uno más potente. Que le puede enseñar a…Callate, viejo puto, dice la primera voz. Dice que en el círculo descubrirá cosas fascinantes. Ítalo quiere saber, quiere conocer esas cosas fascinantes. La voz dice que no se va a arrepentir, que es hermoso. Ítalo tiene hambre, de pronto el olor  a mierda se ha ido, hay otro olor ahora, uno agradable. Pregunta si es en serio que él también puede comer. Claro, dice la voz. Ítalo se aproxima. Las criaturas le hacen un espacio sin dejar de alimentarse.  Algunas se giran desconcertadas. Antes de que pueda encorvarse para tomar parte del festín, han terminado. No queda nada. Solo una mancha granate en el piso. Las criaturas gruñen malhumoradas, todavía hambrientas. Lo huelen. Empujón tras empujón lo van sacando del círculo hasta que cae de espaldas en el centro del mismo. Ítalo no comprende, se supone que las criaturas son generosas. Le rasgan el uniforme, le rompen el casco con los colmillos. Al fondo, las lámparas tenues de los postes aumentan su brillo de forma gradual. Se vuelven enceguedoras. Estallan. Las criaturas giran, alarmadas. La segunda voz dice:

 

Corré, muchacho, corré.

 

5.

Hijo de la gran puta, vago de mierda, en las pendejadas que me vengo a meter por su culpa. Él diría que en realidad las trayectorias individuales ya están fijadas de antemano, el margen de acción fuera de estas determinaciones es corto y corresponde a factores igualmente predecibles. Sus decisiones son entonces bastante predecibles. Bastante predecible el hecho de ir a buscar suerte a otra parte. A Maryland o Los Ángeles o al D.F., ya ni recuerdo dónde. Lo que no es predecible –para mí al menos– es la cantidad de gente desplazada, la cantidad de gente que huye de sus barrios porque ya no se puede así, señor, ya no. Mi hermano equipararía esta decisión que hacen todos con la suya, porque no moverse significa perecer. En movimiento, siempre en movimiento, diría el vago. En su caso quedarse habría sido más sensato, un puesto garantizado en el hospital gracias a su técnico en enfermería y a mis contactos en las altas esferas. Muerte del espíritu, diría él, quedarse sería someter su espíritu a los designios de la inercia. Cuánta gente, por Dios. Ítalo y Orlando que se empeñan en auxiliar a quienes no lo están pidiendo. No pueden ver que estas personas ya asumieron su condición de despojados de la tierra. Estos campos de desplazados, de deportados, de escupidos e indeseables no son nada temporal. Vinieron para quedarse, para crecer carpa tras carpa, exponencialmente. Para ser parte del folclor local, como esos vecinos que se pelean a medianoche, como esos muertos en las esquinas, como los militares que patrullan las calles y los toques de queda que se efectúan un día sí un día no. Algo normal. Ahí vienen, Ítalo y Orlando. ¿Y bien?, pregunto. Una mujer desmayada, la mitad de la población infantil desnutrida, gente convulsionando, descontando a los que lo hacen en el culto del pastor José. Cuadros severos de diarrea, paludismo, alergias. ¿Y de mi hermano? Ah, eso… sí… eh, no tuvimos suerte. Si te sirve, nos dimos cuenta de que las carpas tienden a organizarse por barrios de procedencia. Hay gente, también, que solo habla en inglés, dice Orlando. Pienso que piensan, pobres ingenuos, que esto es temporal. Ítalo me ve con esa cara de retrasado mental que tanto detesto. En realidad debí haberlo previsto, debí haber supuesto, que venían en combo y que alguna pendejada como ésta iba a pasar. Bueno, sigan con lo que estaban, digo. Solo apúntenme dónde están las carpas de los hermanos lejanos. Me dan una serie de indicaciones que olvido enseguida. Me pierdo entre las carpas. A pesar de toda la escasez han encontrado la forma de hacer complicadas conexiones eléctricas y ahora todos pueden tener sus aparatos con música a máximo volumen. Debe ser aterrador quedarse sin distracciones. Hay perros que dejan sus cagadas por todas partes, sin duda alguna esto contribuye a la proliferación de enfermedades. Peleas por el espacio, acusaciones de abuso sexual, grupos de matones que intimidan a los más débiles para que les den sus raciones de grano. Escucho en el discurso de un nuevo pastor, el pastor Jiménez, que esto es una prueba del señor, que tenemos que resistir, que el señor nos recompensará; otros pastores hablan del día del juicio final. Siempre son los primeros en alimentarse de la desesperación, los cabrones. Miembros de oenegés que preparan un informe, sacan un par de fotos, se van rápido. Camino en línea recta, desubicada, esperando que se aparezca la figura del vago de mi hermano en alguna parte, platicando con alguien, jugando a los naipes, pero no aparece, solo un grupo de niños con el culo al aire que me persiguen y, me hacen muecas. La práctica sexual infantil interrumpida por la represión da origen a la neurosis, diría el vago de mi hermano. Veo si hay algún adulto con cara de ser padre de alguno de los salvajes. Cualquiera podría serlo. Todos se ven tan despreocupados, hablando como hablan los vecinos en cualquier parte. A lo que nos podemos acostumbrar. Una irresponsabilidad total, con tanta caca de perro por todas partes, lo digo al aire, en voz alta, esperando a que alguien me confronte. Por un momento reconozco una actitud del vago de mi hermano en mí: soberbia, esas ganas de señalarle los errores a los demás en la cara, esa incapacidad de callarse la boca creyéndose muy crítico cuando en realidad solo está siendo jodidamente molesto. Escucho un murmullo en otro idioma. Me acerco a las voces. Tres tipos que podrían ser hermanos entre sí, discuten. Alcanzo a entender que uno de ellos le pagó a otro habitante del campo para que los lleve por tierra. El otro no está de acuerdo, dice que ni loco, que le debería montar verga por hacer esas pendejadas sin consultarlo. Sigo en mi búsqueda. Saco la foto de mi hermano de la cartera. Es hasta este momento cuando considero que la información que me dieron puede estar equivocada; es hasta este momento en el que considero que ya se pudo haber largado de aquí, que estuvo pero que lo intimidaron y le robaron los granos y le quitaron su carpa y lo que llevara encima. Considero también, con cierta resistencia, y con cierto alarmismo, que puede estar muerto. Casi todos me ignoran o me ven con la indiferencia con la que se ve a un vendedor de algo en lo que no estás interesado en absoluto. Me ven como si estuviera loca y no tuviera derecho a esta búsqueda. Algunos responden y niegan con un movimiento de sus cabezas. Una mujer con rastas se detiene a examinar la foto. Se le dilatan las pupilas. Me mira. Ve la foto. Lo reconoce. Reconoce a alguien que se parece a él, en el peor de los casos. No habla. Si no habla la voy a agarrar de las rastas a la pinche hippie de mierda, gringa muerta de hambre, piojosa ridí… Me indica con un movimiento de su mano que la siga. Le digo que podemos hablar, si yo hablo inglés también. La mugrosa no dice nada, me guía en medio de las carpas. Lo más probable es que quieran asaltarme y luego dios sabe qué. La gente empieza a preparar la cena en grandes cacerolas. Los hombres más robustos forman un muro que protege el acceso a la calle o al pasaje de carpas, para que ningún indeseado se cuele en la repartición de la cena, supongo. Chocamos con un muro de hombres. La hippie, para mi sorpresa, se logra comunicar con uno de ellos por señas. Nos dejan pasar. Huele bien, la comida huele bien. Nos alejamos de la gente. Su carpa es pequeña. La abre. En el interior un hombre calvo duerme. Lo despierta. El hombre se ve débil y viejo, con una cicatriz que le cruza la cabeza, los ojos hundidos, la piel casi pegada a los huesos. Mi primera reacción es correr, negarlo, salir de este lugar condenado, pero la hippie me agarra del brazo, me arrastra hacia él. Entonces veo que está como ido, como viendo a ninguna parte. Le digo que soy yo, Eunice, su hermana, que vine a buscarlo, que en casa lo espera un baño caliente, comida, sus películas favoritas, sus libros, pero no responde el vago de mi hermano. Le pregunto al borde del colapso, qué le pasó, qué le hicieron. Miro a la hippie en busca de respuestas, pero solo encoge los hombros. El vago de mi hermano se limita a babear, los ojos estrábicos, los párpados hundidos, la mirada en un punto indeterminable, la cicatriz en la cabeza, las moscas que vuelan alrededor que se posan sobre él.

 

6.

La mujer ya llevaba dos días ahí y, al principio, al no responder ninguna pregunta, pensaron que se había quedado muda de la impresión, pero en el camino fue recuperando la voz. Dijo que vivía ahí nomás, que quería llegar a casa antes de que anocheciera, que por eso iba toda ajolotada y no se fijó en el pozo; que estuvo gritando ayuda, auxilio, alguien, por favor, y que dejó de gritar por la noche, por miedo de atraer a la persona equivocada; que el pozo olía mal, y que el agua era verdosa, en él nadaban gusanos blancos, sanguijuelas, cucarachas muertas; además, el nivel del agua iba subiendo, poco a poco, minuto a minuto. Después del primer día calculó que en dos más estaría totalmente sumergida. Dijo que estaba segura que la gente la escuchaba y que decidían ignorarla, escuchó a un grupo de mujeres platicando en la superficie, no podían estar lejos, y si ella las escuchaba ellas también lo hacían. Incluso reconoció a un par de sus vecinas. Escuchó a una pareja que peleaba, a un grupo de hombres que hablaban sobre la construcción de una casa, a una viejita regañando a su nieto. Escuchó gemidos y después música. Todos la ignoraron excepto un niño semidesnudo que primero la orinó en la cara. El niño explicó que ese pozo era su baño personal y, a modo de disculpas, que no la había visto. La mujer le dijo que por favor le dijera a un adulto, que llamaran al 911, que llevaba dos días ahí sin comer ni beber nada. El niño dijo que en su casa no había teléfono, desapareció y la mujer nunca supo si fue él o algún familiar suyo quien llamó a los de la Cruz Verde.

 

Después de la historia, Ítalo sintió que la voz de la mujer había quedado resonando como un eco dentro de él. También sintió que el interior de la ambulancia se alargaba por varios metros y que luego se encogía. Sintió que tenía implantado el brazo de alguien más en su cuerpo. Un brazo común y corriente, pero no el suyo. La jornada, sin embargo, había pasado rápido. Era como si alguien hubiese comprimido el tiempo. Como si hubiera estado dormido o en trance parte buena parte del día.  Por eso, ahora lucha contra el sueño. No quiere perderse ninguna parte del recorrido. Quiere llegar a casa y plantarse frente al reloj para ver si el tiempo pasa de la misma forma que cuando uno se planta delante de un reloj: lento, muy despacio. Quiere llegar a casa y estar atento a las voces. Quiere llegar a casa y hacerse una paja pensando en la forma de Eunice ceñida por el vestido que llevaba en el funeral del hermano. No puede. Los ojos se le pegan como cuando le da conjuntivitis. Sueña con grandes llanuras. Con un pueblo en ruinas como después del paso de un huracán. Con una ciudad sumergida. Con un meteorito que surca el cielo. Despierta pero no consigue abrir los ojos. Escucha la voz de Orlando. Habla con alguien. No escucha la voz del interlocutor. Orlando le pregunta a su interlocutor si está seguro, que igual es normal ver soldados patrullando esa zona. Luego calla y, espera su turno para hablar. Ítalo escucha el ruido que hace el encendedor al producir una llama; siente el olor del cigarrillo mentolado. Orlando le dice a su interlocutor que no joda, que no puede desviarse, tiene que pasar a dejar a Ítalo primero, que, además ¿desde cuándo le importan esas cosas? No hay respuesta. Da una calada profunda al mentolado. Dice con un tono impaciente que van a pasar rápido. Que sí, que, si es cierto va a llamar a su amigo periodista.

 

Cuando consigue abrir los ojos ve, a unos doscientos metros adelante, orillado en la carretera, un convoy militar. Cuatro hombres que visten de negro extraen de su interior unas grandes bolsas de plástico del mismo color que sus ropas. Las bolsas parecen pesadas. Las cargan entre dos. Las balancean una, dos, tres veces. Desaparecen en el barranco. Hay dos soldados que monitorean la carretera. Se aproximan a ellos con el dedo listo para apretar el gatillo de sus ametralladoras. A Orlando se le  dibuja una mueca de horror en el rostro. Uno de ellos se aproxima a la ventana del conductor; el otro, a la del copiloto. El de la ventana del conductor le hace un gesto para que la baje. Le pregunta si necesitan ayuda o algo para trasladar al paciente. Que, si no están trasladando a un paciente, qué putas están haciendo, que si no se acuerdan del toque de queda, que en qué mundo viven, que le vale verga que sean de la Cruz Verde, que se vayan, qué putas esperan.

 

El soldado de su ventana no tiene rostro.