Ritos o El dios descarnado
Albertine Stahl || Ritos o el Dios descarnado
Serie: Black Flag Escultura. Técnica: yeso, celulosa de papel, pegamento y pigmento mineral. Medidas variables.

Bienvenidos al mundo. En estas hectáreas se creó todo. sobre la espalda de esta montaña está el universo. Escondido en el bosque donde nuestro castillo duerme. Mi padre, Arturo Albrecht, nos trajo hasta aquí. Junto a Dios creó el mundo. Su regalo hacia nosotros. La primera alarma suena a las cinco de la mañana. Mi cuarto es blanco. No podemos tener distracciones. Un escritorio. Mesa de noche. Armario. Mi cama. No necesitamos más que eso. Mi atuendo no varía. Cinco camisas. Cinco pares de pantalones. Todo blanco. No tenemos permiso de tener nuestros pies desnudos. Tengo dos pares de zapatillas blancas, en caso alguna se manche. Pulcritud es una de las reglas del castillo. Pies desnudos es una insignia de máxima espiritualidad, solo algunos habitantes la tienen pero hay que ganársela. Espero este año alcanzarlo.

 

La segunda alarma anuncia el desayuno. Una hora más tarde. Soy un inquilino clase A, significa que mi labor es puramente intelectual. Mi número de identidad es Mu. Clases con letras en lugar de números corresponden a una jerarquía alta. Números de identidad con más de tres cifras equivalen a trabajo de campo. Cinco dígitos es para servicio. Ellos preparan el desayuno.

 

Las mañanas son todas iguales. Este día nos despertamos para encontrar a papá enfermo. Escuchamos los suspiros que se escapaban entre las ranuras de la puerta. Desde su alcoba, la pequeña cueva que llamaba habitación. Lola y yo pensamos que se transformó durante la madrugada. Nadie tiene permiso de transformarse después de medianoche. Desayunamos mientras oímos los leves gemidos. La mesa en donde comemos fue tallada para papá, cada centímetro labrado con cuidado. Lola, mamá, papá y yo, ese era todo el espacio necesario. Nuestra mesa se ve adornada de huevos benedictinos, la leche inmaculada servida en su carafe, la panceta, croissants.

 

Todo es artificial. Lo sintético es el nuevo orgánico. Así lo dice papá. Las transformaciones no duran mucho. Junto a Lola las habíamos vivido desde que éramos adolescentes. Truncados en el mismo lapso de tiempo, solos en nuestra aventura. Bajo su pantalón, atado a su talón el listón carmesí que le hacía sentir distinción. Y en las tardes mientras nos escondíamos del atardecer en alguno de los cuartos abandonados. Bajo las sábanas y el cuerpo desnudo de mi hermana rozando mi piel me confesó, sin ímpetu y con el dolor de los amantes sórdidos que su listón la mantenía viva. “No somos un número, Rogelio”, pero esas palabras solo resonaban en el vacío. Venimos del mismo vientre, bañados en la misma sangre, curtidos en el mismo jugo ancestral. Lola, mi Lola, si supieras que en tus venas corre ícor, que estamos hechos del mismo polvo cósmico. Nacimos dioses en este mundo. Sin saberlo éramos parte de la diócesis de este imperio. Todo lo que papá construyó, erigido sobre esta montaña, nos pertenece. El concepto de la nueva sociedad, el nuevo orden, siempre sonó obsoleto. Papá lo consideraba una idea egregia, prístina. Cuando en los años ochenta la diseñó había un pequeño grupo de gente que creía en él. Arturo Albrecht, químico, ingeniero y escritor. Se consideró un artista en todo lo que hacía. En esos años fue que manufacturó su más preciado invento. Ese líquido que una vez al día corre por nuestras venas. El elixir de nuestra transformación. Iridio, lo llamó, por su color metálico. A los quince años, cuando papá me llevó a su habitación, sentados sobre la alfombra circular, bajo el candelabro con sus cristales refractándonos, tomó mi mano. La palma de su mano encontró la mía y caminó a lo largo de mi brazo. Me miró y preguntó si estaba listo. Me besó la frente y dejé que la jeringa penetrara mi piel. Dejé que su agua bendita tocara mi sangre. Y por primera vez me vi descarnado. Mi cuerpo doblado como una flor entre las páginas de un libro. Y las membranas apretándose.

 

Pero esta mañana papá estaba enfermo. Lola se apuró en desayunar. La había notado nerviosa durante las últimas semanas. Desaparecía por largos ratos. Lola tenía tareas específicas en el castillo, parte de las reglas era que no podíamos compartir con otros inquilinos las labores especiales. Ser un habitante clase A requiere de una dedicación más compleja que el trabajo físico. Lola y yo rara vez compartíamos una tarea, y manteníamos en secreto nuestras acciones. Esa era la discreción con la que vivíamos. Mi tarea especial para este mes era escribir un libro. Cada tanto papá me asignaba un tema y luego debía trabajar en algún texto. Fue así como escribí “América la enfática”[1], libro que papá consideró una obra inferior a mi trabajo anterior, pero que demostraba potencial para el futuro. Lo denominó como “un découpé para el lumpenato”. Creo que fue una crítica demasiado fuerte. No había forma de discutir las cosas con él.

 

Era el único en todo el castillo que podía vestir de negro. Con un temple firme, el estirpe de un hombre que no conocía más que la lógica intrínseca de las cosas. Dormía con óbolos sobre los ojos en caso de encontrar a Caronte en sus sueños. Maquinaba bajo la idea que nuestra existencia permanecía sobre un río cósmico, parecido al Aqueronte de los griegos, y nosotros las balsas  encaminadas hacia la muerte. Papá concebía a la muerte bajo esta sombra helenística. Fue así que de joven colgó sobre la cama su máscara mortuoria, y decantó su soledad para preservar eternamente su juventud.

 

Lola se había escondido en su cuarto. Sentada sobre la cama miraba su listón. jugaba con él, moviéndolo al rededor de su talón. Mi hermana se resguardaba en su habitación hasta la hora de transformarnos. En este mundo tan desolado, solo nos teníamos mutuamente. Mi soledad era diferente a la de Lola. Nunca busqué la aprobación de nadie, excepto la de mi hermana. De adolescentes mi hermana solía dormir bajo la cama. Espacio que solo ella tenía permitido habitar.

 

Esta fue para mí la primera noción de rechazo que recibí, me mayor dolor era verla esconderme la mirada. Era patrona del tiempo, esta era su habilidad cuando nos transformábamos. Toda descarnación es diferente para cada uno y conlleva ciertas singularidades. Efectos secundarios, pero papá los llamaba bendiciones. Lola controlaba el tiempo en lapsos breves. Yo nunca encontré mi bendición, desde el primer día no experimenté efectos secundarios. Mamá tiene la habilidad de sanar y regenerar. Mientras que papá tiene control de la coherencia cuántica. Asegura que puede ver todos los universos posibles al mismo tiempo. Así fue como una vez nos contó de aquel mundo en el que era rey y aquel en el que era pobre. Siempre un profeta, porque las estrellas están llamadas a su nombre. Porque al nacer tocó la mano de Dios quien lo llevó hacia su ascenso a Júpiter para conocer su trono. Y desde aquel astro miró con fervor la corona de sangre y plata para ser ungido en mercurio. Algún día renacerá entre las llamas, triunfante y cromado, en las cenizas de nuestro castillo.

 

“Tenemos que irnos, Rogelio”, la escuché murmurar mientras miraba su listón.

 

“Dicen que los pobres se están muriendo en el sótano”.

 

Qué sabe mi hermana de los pobres, no tenemos permitido hablarles. No podemos verlos tampoco.

 

“Recibí una carta. Estaba bajo mi plato, creo que necesitan ayuda”, me dijo mientras sujetaba el sobre con ambas manos.

 

“Estás loca, finalmente te volviste loca. No vamos a ayudar a nadie. Solo son rumores, a ellos les encanta el rumor”, dije en lo que arrebaté la carta de sus manos.

 

“¿Según quién?»

 

“Según papá. Papá sabe de esta gente, es el único que les habla”, leí la carta con cuidado. Es lamentable ver la pobre ortografía con la que escriben los pobres. “No saben tildar”.

 

“Rogelio, lo que menos importa es si tildan o no”, Lola trató de quitarme la carta y alejé mis manos para continuar leyendo.

 

“Es claramente una broma. Se están burlando de vos. Nos quieren humillar. Son lumpen, Lola, qué sabrán sobre dignidad. Viven en su propia suciedad”.

 

“Viven en mierda”, finalmente me arrebató la carta de las manos.

 

Abandoné la habitación terminada esa interacción, escuchar a mi hermana decir “mierda” fue un acto de bajeza en el que no quise participar. Lola se pasa la vida entera creyendo en cuentos. De pequeños habíamos leído a Charles Perrault, fascinados por su misticismo, a lo largo de los años mi hermana encontró un severo resguardo en Arthur Conan Doyle, especialmente en aquellos ensayos, escritos al final de su carrera, en donde exploró el folclor de las hadas. Mientras ella encontraba a Holmes fascinante, yo admiraba a Dupin por su excepcionalismo académico. Pero fue esa extrañeza con la que formulaba su apreciación por lo paranormal, las bestias y criaturas críptidas, que la llevó a amar lo desconocido. Eso que se mantiene vivo bajo las sombras, inerte pero respirando, entre las cobijas del subsuelo. Imaginé el fatídico día en que Lola nos habría de guiar hasta el inframundo. Esta mañana supe sin recelo que mi hermana nos hundiría profundamente. Entre a su cuarto nuevamente. La encontré sentada en el suelo, piernas cruzadas, mirada fija sobre la carta.

 

Supe que no había nada que la detendría y que pese a mi rabieta terminaría abandonándonos. “Lola”, dije suavemente. Mi hermana seguía mirando la carta. “Lola”.

 

“¿Qué?”, con su índice iba surcando cada oración en el manuscrito.

 

“Ya es hora”.

 

Lola levantó la mirada y estrujó la carta entre sus dedos.

 

El cuarto era negro, tapizado en terciopelo, dos sillones blancos en el centro y un pequeño gabinete. El suelo era de mármol blanco decorado con mechas azules. Teníamos que atravesar nuestra transformación sin papá. Lola extendió su brazo, con la palma de mi mano busqué su vena. Del gabinete saqué el estuche negro. Adentro las herramientas de nuestro oficio. La jeringa, la aguja y el frasco. Amarré con cuidado un cinturón alrededor de su bícep, apretando hasta que la vena saltara.

 

Preparé la jeringa para inyectar a mi hermana. Mientras la sustancia se vierte en sus venas, el cuerpo de Lola se arquea, cae hincada y sus brazos se extienden sobre el mármol. De su espalda emergía un mar de membranas con lentitud, las lianas que habitan su cuerpo y la masa grisácea que se deslizaba de su cráneo. El cerebro que estábamos acostumbrados a ver portando los ojos. Su exoesqueleto se desplomó en el suelo. El cuerpo envuelto en sangre. Las membranas se fueron entrelazando hasta apretarse, hasta formar la silueta de Lola, hasta que todas las raíces dieron forma a brazos y piernas y dedos y un torso. Y el cerebro que permanecía vigilante. Mi hermana me miró, puso su mano sobre mi frente. “Es tu turno”, y se levantó para abandonar el cuarto.

 

Al salir de la habitación vi su silueta estirarse a lo largo del pasillo. El contorno de su cuerpo alargado, dedos enserpentados flotando en las paredes, y al fondo mi hermana caminando hacia el vestíbulo. Cada paso perseguido en el rastro de sangre, las membranas pringosas en líquidos cristalinos dejando un hilo suave y oscuro en el suelo. Lola caminó hasta la sala principal, se deslizó sobre el sofa hasta encontrar una postura cómoda. Me miró de reojo, su cerebro soltando un destello intermitente, los ojos bañándose en lágrimas. Esperábamos a papá, esta era la rutina, pero esta mañana sería madre quien oficializaría nuestra misa. Pocos residentes aprenden a transformarse, de ellos solo algunos asisten a la misa. La sala funciona como la nave de una iglesia. El cuarto es largo, con dos transeptos al final y mamá sentada en el crucero de la habitación. Cuando papá pensó en predicar por primera vez expresó que no debía hacerlo desde un púlpito, había que estar sentado en una silla plegable, mientras nosotros debíamos escuchar sentados en grandes sillones tapizados en lana de vicuña, adornados con encajes de rodio. Para papá esta era la broma infinita. La reconceptualización de la iglesia, el dogma despellejado, revitalizado fuera de la fe y encaminado hacia la idea de que la intelectualidad es el único regalo de Dios.

 

“Su padre no estará con ustedes, hijos”, mi madre tenía sus dedos entrelazados, manos escondiéndose entre sus rodillas. Vestía un pantalón gris que le llegaba hasta las pantorrillas, una blusa gris con decorado de flores azules y pálidas. Los pies desnudos. “Él está… indispuesto esta mañana. Pero les tiene un mensaje pálidas. Los pies desnudos. “Él está… indispuesto esta mañana. Pero les tiene un mensaje importante. Un mensaje de Dios”, madre levantó los brazos con sus palmas extendidas en dirección a los feligreses. “Queda poco tiempo y cuando llegue el momento…”, empezó a caminar a lo largo del cuarto, entre los sillones con la punta de los dedos trazando la tela, “ustedes se verán bellos, renacidos, esta será la imagen del nuevo mundo, hijos míos”. Llegó al final de la habitación, se detuvo en la entrada. “Cuando la noche llore, nuestro fuego será el ardor de esta existencia”.

 

Madre dio una media vuelta, miró hacia los feligreses, todos los cerebros con sus membranas colgando. Los brazos extendidos, mirada al vacío, pies paralelos al pasillo. Madre exhaló, ojos fijos, su iris temblando y las palmas de su mano apuntando al cielo. Como un suspiro, su piel se desprendió, mostrando sus músculos, suaves y brillantes, bañados en ácido muriático, flexionando con cada respiro. La carne sagrada, desenfundada, puesta ante la divinidad de nuestro Dios, trémula y divina. Madre caminó con sus manos en alto. Las falanges protuberantes enredadas en carne. “Aquí está, en mí y en ustedes, la sangre de la tierra”, bajó sus brazos para tocar con sus dedos los cerebros, aquellas glándulas intermitentes, soltando sus destellos azulados. Sus pasos dejaron en la alfombra las islas de sangre que con nuestras miradas seguimos hasta sus talones, sus muslos y caderas, su espalda adornada en la baba divina y su cráneo forrado en la pulpa de su cuerpo. Se detuvo dejando caer su cuerpo, rodillas al suelo y sus hombros relajados. Bajó su cabeza y suspiró nuevamente. Lentamente soltó su carne y su cerebro emergió.

 

Lola salió de la sala para caminar por los pasillos. Exploró cada cuarto en busca de pistas. La seguí lentamente. Estaba bajo la impresión de que en alguna de esas habitaciones existiría el pasadizo hacia aquel mundo desconocido. Esa era la magia de Lola, la que escondía en su silencio. Yo sabía leer a Lola por su mirada. Cada ojo decía una verdad diferente. Su diestro siempre genuino, bañado en azul y reluciente. El siniestro apócrifo, inexorable en su negrura. Aquí resguardaba todo lo que mi hermana encerraba en la bóveda de su alma. Pero la realidad es que en ambos ojos estaba escrito el libro de la vida. En su infinidad existía el universo y su cosmos de medusas linfas. Mantuvo estrujada la carta mientras la homilía continuaba en la iglesia del castillo. Solos caminamos, Lola tres pasos adelante y yo en mi sigilo, mirándola silenciosamente, haciéndole creer que solo era ella, invisible en aquel pasillo. Escuché el chillido de cada chapa torcerse, el clic de los cerrojos permisivos, el llanto de las bisagras. Todos los metales en nuestra casa lloraban de noche, pedían a sus dueños un trago de aceite, exclamaban porque los dejaran solos, les dejaran de torturar con tantas puertas abiertas.

 

Lola se detuvo y miró hacia atrás. Me asusté y levanté mis brazos para rogarle que no se enojara. Su cerebro dejó de emanar el destello azul y cambió a uno rojo. Nuestra magia era leernos los ojos. Movió sus manos para pedirme que me acercara, que la siguiera hacia donde fuera que iba. Perdidos en la inmensidad de esta fortaleza, estábamos acostumbrados a esta vida, nómadas en nuestro hogar, parásitos en la existencia macroscópica del mundo que papá construyó. Nacimos sin los amuletos que cargan los dioses, y en cambio se nos barajaron las cartas suficientes para vivir, a carencias de sus reyes de espadas y reinas de corazones que sangran indómitos. Lola se detuvo para pedirme la mano. La entrada al inframundo está en una de las alas más lejanas del castillo. Al final de un pasillo olvidado está enterrada la puerta prohibida que esconde los escalones torcidos que descienden al infierno. Ambos conocemos el camino pero jamás lo hemos recorrido.

 

Aquel pasillo se había convertido en un relicario de telarañas y polvo, y entre los resquicios de esa puerta estaba la señal del inframundo. Como si la estuviera esperando, doblada entre las ranuras, una segunda carta. Agarró el sobre para inspeccionarlo con cuidado. Notó la sangre en las esquinas del papel, frotándola con los dedos como si tratase de limpiar esas sombras oscuras. Se fijó en las palabras perdida pero reluciente. Me miró otra vez y me dijo que la siguiera. Lola tocó la manecilla con cuidado, sabía que no hay vuelta atrás una vez abierta la puerta. Por años supimos que el inframundo estaba en los confines de nuestro nivel más profundo, supimos con los años que aquel fragmento de esta sociedad se encontraba en otra ala del castillo, sin embargo, papá nunca nos confesó exactamente dónde estaba. Nunca nos interesó saber sino hasta que Lola recibió esa maldita carta. Esta es gente que trabaja para el bien común, ellos también buscan la iluminación, decía papá, ellos también, algún día, alcanzarán todo lo que ustedes han encontrado, porque así como el hombre han nacido de la tierra y la tierra de las estrellas.

 

Mi hermana, por años, sostuvo que esta era gente que nació de la basura. De todos nuestros desperdicios, de todo aquello que tiramos con el tiempo, eso que, en lo más profundo del subsuelo, se juntó para formar cúmulos de podredumbre y gestó en sus lixiviados los órganos, músculos y huesos que dieron vida a los pobres que respiran para nosotros. Ahora estábamos a un paso más cerca de verlos, de olerlos y, de cierta manera, de saborearlos. Lola se los imaginaba como engendros nacidos acéfalos que, en busca de encontrar su aceptación, se acercaron a papá en busca de un hogar. Fuimos en busca de las pasajes laberínticos de la prisión, de los niveles fantasmagóricos, las escaleras que subían y bajaban hacia nada. Aquellos escalones nos llevaron a un tramo que se perdía en la negrura y bifurcaba su camino en diversos túneles. Al cabo de unas horas, nos dimos a la tarea de dejar un rastro que nos regresara a estar a salvo. No teníamos nada a mano, a Lola se le ocurrió deshacer la primera carta y desecharla en pedazos para recordar nuestro camino de vuelta. Finalmente llegamos a una bóveda, nos percatamos que el castillo se había convertido en un anticuario de viejas reliquias, muebles y floreros abandonados. Pinturas marchitas y el polvo en las paredes que se iba desprendiendo como cenizas.

 

Miramos la placa metálica que leía algún poema, palabras que no buscamos entender, que ya estaban enterradas en el polvo y la tierra, y que el cromo escondió en el óxido. Las membranas que formaban las manos de mi hermana se extendieron para mover los manubrios de la bóveda hasta escuchar el clic. Descendimos por las gradas en medio de la negrura. El destello de nuestros cerebros alumbrando el camino. Tratamos de imaginarnos las dimensiones de esta nueva área, pensamos en la apariencia de estos inquilinos, ¿acaso tendrían ojos y nariz y boca como las nuestras?, posiblemente tienen un ojo de más o dedos adicionales, dos cabezas o simplemente carecen de un rostro. Recordé las veces en que consideramos que, incluso, podrían sufrir de una ceguera impresionante que los dejaba incapaces de distinguirse entre ellos, y que ahora todos viven creyendo que son otra especie de mamíferos y primates, bestias de un nuevo mundo, condicionados a servir a los dioses de este universo. ¿Tendríamos nosotros una jerarquía real en este infierno? ¿Nos tratarían, al vernos, como los dioses que hemos sido para ellos? Lo único que sabía hasta el momento es que, al menos uno de ellos, sabe escribir. En parte eso me tranquilizó, aun cuando ese mismo pensamiento me provocó una ira de celos incontrolable. Estos debían ser animales, iletrados e ignorantes, la mera idea de que alguno de ellos supiese escribir me creaba un tormento espeluznante; una labor intelectual como escribir desacrada de tal forma. La espera solo nos mitigó la angustia de este nuevo descubrimiento, así como Marco Polo cuando le llevó envueltas en oro y platino, las historias de ciudades invertidas y deshuesadas a Kublai Khan. Sin embargo, Lola y yo jamás tendríamos una corona a la cual reportarle de nuestros hallazgos. Esto nos preocupaba y respirábamos hondo, y soltábamos nuestro aliento rápido para saber que pronto estaríamos frente a una raza de bárbaros. Fue así que llegamos al final de los escalones. Una puerta metálica nos separaba de todas las dudas. Ese era el último paso para descubrir a nuestros hermanos prohibidos. Al otro lado encontramos un cuarto amplio, húmedos, del suelo brotaba un vapor denso, que nos quemaba las entrañas con cada paso. Lola miró alrededor pero no había nada. Continuamos hasta que vimos una luz tenue, atestada al final de este nuevo laberinto. Luz que parecía guiarnos y que podía y debía esconderse como el llamado de las sirenas.

 

La luz no era más que un farol anunciando la entrada de la pocilga que esta gente llama un hogar. Un centenar de gente, hacinados, viviendo unos encima de otros, las camas no más que colchonetas colgadas una encima de otras, manchas de grasa y sudor por encima de la tela. Mi hermana dio un paso atrás. Miró a los pobres directamente. “Los estamos matando, Rogelio”, la escuché decir. No, Lola, después de tantos años son ellos que se están matando. Nadie nos miraba, invisibles con cada paso que dábamos. Tomó mi mano mientras avanzábamos entre la basura, el agua estancada de esos senderos hundidos en lodo y mugre. Aquello era una ciudadela con sus mercados y tiendas, tuve la impresión que trueque debía ser la única forma válida de economía que les podría traer sustento alguno. Cada paso era solo una confirmación del abandono de esta gente. Cada quien había encontrado un oficio distinto, vendedores, herreros o carpinteros, todos subsistiendo con las sobras de nuestro mundo. Pero nada trajo mayor dolor al corazón de Dolores que la nociva práctica de estos animales. Finalizado el sendero, en alguno de los mercados, colgados como ganado en lo que parecía ser una carnecería, se balanceaban los cuerpos despellejados de recién nacidos, infantes, bebés, algunos con los músculos pelados, brillantes, relucientes. Otros calcinados, barnizados en especies y condimentos improvisados. Apretó mi mano con fuerza, pidió que nos fuéramos pero una vez en el inframundo, no éramos capaces de salir de este círculo del infierno. Lola supo en ese momento que no podíamos hacer nada por esta gente.

 

 

[1] Escrito a lo largo del verano, el libro explora la relación entre Perséfone y Hades durante el invierno de 1958 en Nueva York. Aunque porciones del texto son extractos de Homo Necans de Walter Burket, el libro es una combinación entre narrativa y ensayo, haciendo uso de la técnica cut-up, inspirado por William S. Burroughs en su decadente The Soft Machine.